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Finnegan no sólo aceptó gustoso la invitación a ensayar, sino que propuso que fueran antes que los demás. Quería que tuvieran tiempo de tocar, por fin juntos, las canciones que durante meses habían compartido por Skype. Y como ni él ni C se caracterizaban por su control de ansiedad, dejaron el solárium sólo una hora después, con planes de encerrarse a tocar hasta que les sangraran los dedos y cantar hasta quedarse sin voz.

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