Cuando Sofía llegó, Adriana ya estaba sentada en una mesa apartada. Tenía una tablet abierta y varios documentos, folios y fotografías esparcidos sobre la mesa, como si fuera un detective desvelando un caso.
—Gracias por venir tan rápido, Sofía —dijo Adriana, sin rodeos, su mirada fija en ella—. Sé que esto es un riesgo para mí, y para usted. Pero la verdad tiene que salir a la luz.
—Dígame qué tiene.
Adriana asintió. Giró la tablet hacia Sofía. En la pantalla, se veían correos electrónicos, tr