Era una tarde apacible de primavera. El restaurante bullía con el servicio de cenas, los clientes llenaban cada mesa, el ambiente era de celebración constante. Mientras Mateo emplataba una lubina salvaje con puré de guisantes, la puerta de la cocina se abrió y Javier, con una sonrisa enigmática, asomó la cabeza.
—Mateo, Sofía. Don Ricardo quiere veros. Y no viene solo.
Mateo y Sofía se miraron, curiosos. Don Ricardo estaba sentado en una de las mesas, con su sombrero calado y una expresión de c