Mateo estaba encerrado en el local vacío, mucho después de que el último miembro del equipo se hubiera marchado. Recorría la cocina, tocando las frías superficies de acero de su sección, y luego la cálida madera del obrador de Sofía. Cada rincón le recordaba a ella, a las risas, a las noches de trabajo codo con codo, a los besos robados en la penumbra. La amenaza de perderlo todo, de ver a Sofía marcharse, era una espada sobre su cabeza.
La imagen de Sofía, con lágrimas en los ojos, diciéndole