Mateo se acercó a la mesa de Sofía, donde ella estaba guardando las últimas herramientas.
—Vaya noche, ¿eh?
Sofía se giró, su mirada encontrando la de él. Sus ojos aún brillaban, pero ahora con una emoción más profunda.
—Increíble. Pensé que me iba a desmayar cuando Eduardo pidió hablar con nosotros.
—Y yo —Mateo sonrió—. Pero lo hicimos. Lo hicimos juntos.
La distancia entre ellos era mínima. La adrenalina de la noche aún corría por sus venas. Mateo extendió una mano y le acarició suavemente l