34. Bien acompañada
No debería haber pasado.
Ni el tropiezo, ni la cercanía, ni este silencio espeso que se instala entre los dos cuando levanto la mirada y lo tengo demasiado cerca.
Demasiado.
Mi respiración se engancha en la garganta cuando siento su peso sosteniéndose apenas con los brazos, cuando su frente queda a centímetros de la mía y su nariz roza la mía sin querer. El mundo se encoge. No hay casa, ni contrato, ni mentiras. Solo él. Solo yo. Y este espacio mínimo que no debería existir.
Mi cuerpo reacciona