35. Quiero que te vayas
Anabell
Entro a la casa con el estómago hecho un nudo.
Mel está junto a la puerta, rígida, con los ojos demasiado abiertos. No dice nada, pero me mira de una forma extraña, insistente, como si intentara advertirme de algo sin palabras. Frunzo el ceño, confundida, y avanzo un paso más.
Entonces la veo.
De pie, impecable, con el abrigo perfectamente colocado sobre los hombros y la espalda recta como una regla, está mi madre. Observándome. Evaluándome.
—Madre… —mi voz sale más baja de lo que esper