12. Acepto

Anabell

Despierto antes de que suene el despertador.

No porque haya dormido bien.

Sino porque mi cuerpo ya no sabe cómo descansar cuando siente que está a contrarreloj.

La casa está en silencio. Demasiado. Gael aún no se ha levantado, y por una fracción de segundo agradezco no tener que cruzarme con él todavía. No después de anoche. No después de esas palabras que todavía me zumban en la cabeza.

El mío ya parece estar arruinado.

Me levanto despacio, me pongo ropa cómoda —jeans, una blusa sencilla, el abrigo— y bajo a la cocina con una determinación que se siente frágil, pero real.

Hoy voy a trabajar.

Hoy nadie me va a decir que no sirvo.

Preparo café. Tostadas. Huevos revueltos. Nada elaborado, pero suficiente. Algo normal. Algo que parezca una mañana cualquiera y no el inicio de otra batalla.

Dejo el desayuno servido para él.

Tomo un papel del cajón, un bolígrafo, y escribo rápido antes de que me arrepienta:

Salí a entrevistas. No quiero problemas, solo hacer mi parte.

—Anabell.

Doblo la nota y la dejo junto a su taza.

No sé si la leerá con fastidio, con preocupación o con indiferencia. No quiero saberlo ahora.

Salgo.

El aire frío de la mañana me golpea el rostro cuando cierro la puerta. Camino con paso firme, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza aún no se atreve a creer.

La primera entrevista es en una cafetería.

El dueño ni siquiera me deja terminar la frase.

—Buscamos a alguien más joven —dice, sin malicia, como si fuera un hecho meteorológico—. Esto es un lugar con mucho movimiento.

Asiento. Agradezco. Salgo.

La segunda es en una tienda de ropa.

La mujer sonríe, pero sus ojos no lo hacen.

—Nuestro perfil es más… atlético —explica—. Ya sabes, para la imagen de la marca.

Imagen.

Trago saliva.

—Claro —respondo—. Gracias por su tiempo.

La tercera es peor.

—Tienes experiencia, pero… —el hombre se encoge de hombros—. No encajas del todo.

—¿En qué sentido? —pregunto, aunque sé la respuesta.

Me mira. No disimula.

—En el perfil.

Salgo antes de que pueda decir nada más.

Camino. Camino mucho. Entro a dos lugares más. En uno me dicen que el puesto ya se llenó. En otro, que vuelva en unos meses. En otro, que están buscando “algo distinto”.

Algo distinto a mí.

A mediodía, el cansancio ya no es físico. Es algo más profundo. Me detengo en un pequeño local, pido un café y una sopa que apenas pruebo. Me quedo mirando la ventana como si el mundo siguiera avanzando sin enterarse de que yo estoy atascada.

Pienso en Marcelo.

En el juzgado.

En mi madre.

En Karen.

Pienso en lo fácil que es para los demás decidir que no soy suficiente.

Cuando regreso a la casa, el sol ya empezó a caer.

Abro la puerta y lo veo.

Gael está en la sala, de pie, con el teléfono en la mano. Alza la vista en cuanto me escucha entrar.

—¿Cómo te fue?

La pregunta no es dura. Tampoco suave. Es… neutra.

Dejo el bolso en la mesa. Me quito el abrigo con movimientos lentos.

—Mejor no hablemos de eso —respondo.

Pasa un segundo.

—¿No conseguiste nada?

Niego con la cabeza.

El silencio se instala entre nosotros, espeso, incómodo.

—Lo siento —dice al final.

No sé si se refiere al día de hoy.

O a todo lo demás.

Subo las escaleras sin decir nada más, con la sensación de haber perdido otra batalla que nadie va a registrar.

Me encierro en la habitación y cierro la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera delatar lo frágil que estoy.

Me dejo caer en la cama sin quitarme la ropa. Miro el techo. El mismo de anoche. La misma grieta pequeña cerca de la viga. Antes me parecía solo una marca vieja; ahora siento que es un reflejo exacto de cómo me estoy sosteniendo.

No encajo.

Eso es lo que me dijeron hoy, con distintas palabras, en distintos lugares.

Me froto los ojos con el dorso de la mano. No quiero llorar. No otra vez. No por esto. Pero las lágrimas llegan igual, silenciosas, traicioneras, como si el cuerpo necesitara vaciarse para seguir.

Tocan la puerta.

Me sobresalto. Aspiro aire. Me limpio la cara con rapidez, como si eso pudiera borrar la evidencia.

—Adelante —digo, intentando que la voz no me tiemble.

La puerta se abre y aparece Gael.

Está serio, como siempre. La postura recta. La mirada concentrada. No parece incómodo por invadir mi espacio; parece decidido. Y eso, por alguna razón, me pone más nerviosa.

—Tengo una propuesta —dice.

Me río sin humor.

—Ya está bien de propuestas —respondo—. Gracias a las tuyas ahora estoy metida en un embrollo con un novio falso y famoso. Creo que con eso es suficiente por una temporada.

No se mueve. Cierra la puerta detrás de él y da un par de pasos dentro de la habitación, ignorando por completo mi resistencia.

—Estuve pensando en lo que dijiste anoche —continúa—. Sobre la independencia. Sobre el plan que tenías al venir aquí.

Cruzo los brazos.

—No entiendes nada —digo—. Eso era si tenía la casa de vuelta. No la tengo. Y no voy a vivir aquí como una mantenida.

—No necesito que me colabores en nada —responde, sin rodeos—. Soy millonario, Anabell. El dinero no es el problema.

La frase me golpea.

—Vaya —murmuro—. Y dices que no lo dices en mal plan.

Frunce el ceño.

—No lo digo en mal plan. Lo digo como un hecho.

—Claro —replico—. Porque para ti todo esto es un hecho. Para mí es… —me quedo sin palabras— es mi vida.

Suspira, como si estuviera agotado de pelear.

—Deja de ser orgullosa —dice—. Míralo desde otro ángulo. Tú me estás ayudando con este contrato de la novia falsa. Si somos justos, tienes más que perder que yo.

No quiero admitirlo, pero tiene razón.

—Así que —continúa—, como parte del acuerdo, puedo ayudarte. Puedo pagarte mensualmente por tus servicios… o, si te parece mejor, puedo darte el capital para que abras la librería.

Siento que el piso se mueve.

—¿Qué? —susurro.

—Lo que oíste.

Niego con la cabeza de inmediato.

—No puedo aceptar eso —digo—. Es demasiado. ¿Qué crees que soy? ¿Qué va a pensar la gente si recibe pagos por esto?

—¿Qué pensarías tú de mí —replica— si supieras que contraté a una mujer para salir de un embrollo mediático?

No contesto.

Porque la respuesta es obvia.

Me quedo en silencio. La mente se me acelera, como si alguien hubiera abierto todas las puertas al mismo tiempo.

Acepta.

No aceptes.

Es lo que necesitas.

Es vender el alma.

Recuerdo el juzgado.

Recuerdo a mi madre diciéndome que me quedara.

Recuerdo a Karen preguntándome quién me iba a querer así.

Una parte de mí grita que diga que no. Que salga de aquí con la cabeza en alto, aunque no tenga nada más.

La otra, más cansada, más real, me recuerda que ya pagué el precio del orgullo una vez.

Levanto la mirada.

Gael me observa en silencio, sin apurarme, como si supiera que esta decisión no se puede empujar.

—Acepto —digo al fin.

ShadiSaad

Primero del día, mis amores.

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