11. ¿Me ha coqueteado?

Anabell

Salgo de la casa dando un portazo que no me digna, pero que necesito.

El aire frío de la noche me golpea el rostro y, aun así, no logra enfriar la rabia que llevo ardiendo por dentro. Bajo los escalones a zancadas, apretando los puños dentro del abrigo, mascullando palabras que no me atreví a decirle a la cara.

—¿Quién demonios se cree que es? —murmuro—. ¿Prohibirme trabajar? ¿Decidir qué puedo o no puedo hacer con mi vida?

Camino sin rumbo fijo, dejándome llevar por el impulso. No pienso volver a quedarme atrapada en una casa dependiendo de nadie. No pienso repetir la historia. Ya fui la esposa comprensiva, la que cedía, la que se hacía pequeña para no incomodar.

Y así terminó todo.

Mis pasos me llevan casi sin darme cuenta hasta la plaza principal, donde está el viejo tablón comunitario del pueblo. El mismo de siempre. El de madera gastada y chinches torcidas. El lugar donde la gente anuncia lo que necesita… y lo que ofrece.

Me detengo frente a él.

Vacantes.

Se busca mesera.

Se necesita niñera.

Ayudante de cocina.

Turno de medio tiempo en la tienda.

Mi garganta se cierra.

Eso era lo que iba a hacer.

Eso era lo que necesitaba.

Sin pensarlo, empiezo a arrancarlos.

Uno.

Otro.

Otro más.

El papel se desgarra entre mis dedos con un sonido seco que me resulta extrañamente satisfactorio. Arranco con rabia contenida, con la sensación absurda de que si elimino las opciones del tablón, tal vez elimino también la humillación de haberlas necesitado.

—¿Qué te hicieron las pobres hojas para merecer ese destino?

Doy un respingo.

El corazón se me sube a la garganta mientras me giro de golpe, lista para soltar cualquier cosa… y me quedo quieta.

Es el oficial.

El mismo de cuando llegué al pueblo. El que me habló con calma cuando todo estaba colapsando.

—Oficial… —digo, llevándome una mano al pecho—. Dios, me asustó.

Él sonríe, relajado, con las manos en los bolsillos del uniforme.

—Lo siento —dice—. No era mi intención. Pero parecía una escena intensa.

Bajo la mirada hacia los papeles hechos trizas a mis pies y siento el calor subirme a las mejillas.

—Perdón —murmuro—. No ha sido una buena noche.

—Puedo notar eso.

Sus ojos se detienen en mi rostro un segundo más de lo necesario. No es incómodo. Es atento. Y eso, ahora mismo, me desarma un poco.

—¿Pudiste resolver lo de la casa? —pregunta al fin.

La pregunta me pincha justo donde duele.

Hago una pequeña mueca antes de responder.

—Más o menos —digo—. Es… complicado.

—Suena complicado.

—Lo es —admito con una sonrisa tensa—. Pero espero que en unos meses todo esté solucionado.

Si es que antes no termino peleando con cierto jugador de hockey insufrible, pienso.

El oficial inclina ligeramente la cabeza, como si quisiera decir algo más, pero se contiene.

—Bueno —dice—. Me alegra verte otra vez, Anabell.

Parpadeo.

¿Me alegra verte?

Algo en mi estómago da un pequeño vuelco. No sé si es sorpresa, incomodidad o una sensación olvidada de ser vista sin juicio.

—A mí también —respondo—. Fue… un gusto volver a verte.

Él sonríe de nuevo, breve, amable.

—Que tengas buena noche.

Lo veo alejarse por la plaza, y cuando desaparece entre las luces, suelto el aire despacio. Me quedo sola otra vez, rodeada de papeles rotos y decisiones que no quiero que nadie tome por mí.

No todo el mundo quiere controlarme.

No todo el mundo cree tener derecho sobre mi vida.

Enderezo los hombros.

Mañana voy a buscar trabajo.

Con o sin el permiso de Gael Thompson.

Y con ese pensamiento firme, me alejo del tablón, sin saber que esta noche todavía no ha terminado conmigo

Cuando vuelvo a la casa, lo único que quiero es silencio.

Silencio para dejar de pensar.

Silencio para dejar de sentir.

Empujo la puerta con el cuerpo cansado y entro sin encender la luz del pasillo. Me quito los zapatos de cualquier forma, los dejo tirados cerca de la entrada y avanzo descalza, arrastrando los pies, como si el suelo pesara más que antes.

Entonces lo veo.

Gael está sentado en el sillón de la sala, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. No está usando el teléfono. No está viendo nada. Está ahí.

Esperando.

Mi cuerpo se tensa de inmediato.

No digo nada. Finjo que no lo vi. Camino directo hacia las escaleras, con la esperanza infantil de que me deje pasar.

—Anabell.

La voz me detiene en seco.

Cierro los ojos un segundo antes de girarme lentamente. Cuando lo hago, mi expresión es neutra. Controlada. Por dentro, en cambio, siento que me arde el pecho.

—¿Qué sucede? —pregunto.

Se pone de pie con calma, como si cada movimiento estuviera medido.

—Siéntate —dice—. Vamos a hablar de esto como dos personas adultas y civilizadas.

Aprieto la quijada.

—No voy a renunciar a trabajar.

—No te he pedido eso —responde alzando las manos—. Siéntate. Cinco minutos. Solo cinco.

Lo miro fijamente. Una parte de mí quiere seguir subiendo las escaleras. La otra sabe que huir no va a resolver nada.

Resoplo y camino hasta el sillón, sentándome en el extremo opuesto. Mantengo la espalda recta. Las manos sobre los muslos. A la defensiva.

—Ya estoy aquí —digo—. Habla.

Gael toma aire despacio.

—Necesitas ver esto desde mi perspectiva —empieza—. Esta relación falsa no va a quedarse estática. No es una foto y ya. Va a crecer. Cada semana habrá más atención. Más ojos encima.

Lo escucho, pero no dejo de sentir cómo algo se me cierra en el pecho.

—Imagínate —continúa— que empiezas a trabajar en una cafetería o en un restaurante. Un lugar donde todo el mundo entra y sale. Donde la gente habla. Donde alguien reconoce tu cara. Donde alguien graba un video, hace un comentario, saca una conclusión.

Aprieto los dedos contra mis palmas.

—Eso puede salirse de control —dice—. Puede haber un error. Un desliz. Y si eso pasa, todo se va a la m****a. Para los dos.

Levanto la vista hacia él.

—No es que quiera llevarte la contraria —respondo, con la voz baja pero firme—. Es que necesito trabajar.

Lo digo sin rodeos. Sin adornos.

—Lo he perdido todo —añado—. Todo. Y necesito algo que sea mío.

Gael me observa con atención. Inclina ligeramente la cabeza, como si intentara entender algo que no encaja del todo.

—Dime algo —dice—. ¿Cuál era el plan cuando pensabas venirte para acá? Si yo no hubiese estado aquí.

No tengo que pensarlo.

Respiro hondo.

—Pensaba vivir en esta casa —respondo—. Ahorrar al máximo. Y con el poco dinero que me quedó después del divorcio, abrir una pequeña librería.

Su ceño se frunce apenas.

—¿Una librería?

Asiento.

—Sí. Siempre quise una. Y escribir. Era… —trago saliva— era la idea.

Me río sin humor.

—Ahora mismo no es más que un sueño imposible. No tengo casa. No tengo trabajo. No tengo dinero. Lo único que tengo es una relación falsa.

El silencio se instala entre nosotros.

Gael no responde de inmediato. Se queda quieto, pensativo, como si mis palabras hubieran abierto una grieta que no esperaba.

Me pongo de pie.

—Entiendo que te preocupe que las cosas se arruinen —digo, mirándolo a los ojos—. Y te prometo que antes de aceptar cualquier trabajo, te lo diré. Buscaré algo discreto. Tendré cuidado.

Respiro hondo.

—Pero no puedo prometerte dejar mi vida de lado. Es mi futuro.

Sus labios se tensan.

—Esa decisión podría arruinar el futuro de ambos.

Lo miro sin bajar la cabeza.

—El mío ya parece estar arruinado.

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