5: La Oferta del Lobo

La noche en el motel fue larga y llena de sombras. El colchón cedía demasiado, los ruidos de la calle y de otras habitaciones se filtraban por las delgadas paredes, y el olor a humedad se adhería a mi ropa. Pero más que la incomodidad física, era el silencio lo que me atormentaba. Ya no tenía el llanto desesperado de los gemelos para llenar el vacío de mis pensamientos, ni la abrumadora presencia de Kaiden para distraerme de mi realidad. En la quietud, solo estaba yo, el eco del llanto de mi propio hijo y el frío cálculo de mis finanzas.

Conté el dinero de Valeria una y otra vez, como si los billetes pudieran multiplicarse por pura fuerza de voluntad. No era suficiente. Ni para una semana en ese lugar deprimente, y mucho menos para un alquiler decente. La desesperación comenzaba a trepar por mi garganta, fría y pegajosa. Necesitaba un trabajo. Urgentemente.

Por eso, cuando el sol se filtró por la persiana rota, me levanté con una determinación férrea. Me vestí con la misma ropa, la única presentable que tenía, y emprendí el camino hacia la mansión Dravon. Cada paso me alejaba de la miseria del centro y me adentraba en el silencioso lujo del distrito privado. Esta vez, la enormidad de la casa no me pareció tan intimidante; era un refugio, aunque temporal, del caos que amenazaba con devorarme.

Kaiden me abrió la puerta él mismo. Iba un poco menos desencajado que el día anterior, como si una sola noche de relativo descanso hubiera bastado para templar su resistencia de lobo. Sus ojos ámbar me recorrieron rápidamente.

—Pase —dijo, y su voz sonó menos ronca.

Los gemelos no lloraban, pero se agitaban inquietos en sus cunas en la sala. El simple hecho de verlos calmó un poco la ansiedad que me corroía por dentro. Sin necesidad de muchas palabras, repetimos la rutina. Esta vez Kaiden me dijo sus nombres: Lucian y Aurora. 

Me senté, tomé a Lucian primero esta vez, y mientras se alimentaba, una paz extraña descendió sobre mí. El dolor físico era solo un leve recordatorio ahora, eclipsado por la profunda satisfacción de calmarlo, de nutrirlo. Mientras Lucian casi dormía, mis ojos se encontraron con los de Kaiden. Él no miraba hacia otro lado hoy. Su mirada era pensativa, analítica, como si estuviera tratando de descifrar un enigma llamado Celia.

Cuando ambos bebés dormían, me levanté para irme, sintiendo que el tiempo se me escapaba. Tenía que empezar a buscar trabajo, a golpear puertas, a suplicar una oportunidad.

—Volverá mañana —afirmó él, no era una pregunta.

—Intentaré —respondí, evitando su mirada—. Mientras busco trabajo, haré lo posible por venir. Pero cuando lo encuentre, no sé si podré, o en qué horarios.

La idea de no poder volver, de perder este pequeño faro de propósito en mi tormenta, me produjo una punzada de dolor inesperada.

Kaiden se quedó en silencio por un momento, sus brazos cruzados sobre su ancho pecho. La tensión en la habitación era palpable, cargada de cosas no dichas.

—Entonces, deje de buscar —declaró, su voz cortando el aire como un cuchillo—. Trabaje para mí.

La propuesta me dejó sin aliento. Me quedé mirándolo, tratando de procesar sus palabras.

—¿Qué?

—Sea la nodriza de mis hijos —continuó, su tono era práctico, de negocios, pero sus ojos no dejaban de observarme—. A tiempo completo. Le pagaré bien. Así no tendrá que preocuparse por horarios ni por buscar otro empleo.

Mi mente era un torbellino. Era la solución a todos mis problemas inmediatos. Un sueldo, un propósito, una razón para entrar en esta casa todos los días. Pero también era un abismo de incertidumbre. ¿Qué significaba "trabajar para él"? ¿Vivir aquí? ¿Quedar atrapada en este mundo de lobos? La duda debió reflejarse en mi rostro.

—¿Está seguro? —pregunté, incapaz de ocultar mi incredulidad—. Yo soy… solo una humana.

—Mis hijos se calman con usted —respondió, como si esa fuera la única cualificación que importaba—. Duermen tranquilos después de alimentarse. Eso no ocurría desde… —no terminó la frase, pero el dolor pasó de nuevo como una nube sobre sus ojos—. Necesitan leche. Usted la tiene. Yo necesito que alguien los alimente. Parece un acuerdo sencillo.

Nada era sencillo en Wolfcrest, y menos un acuerdo con un lobo. Pero miré a los gemelos dormidos, sus pequeños pechos subiendo y bajando en perfecta calma. Recordé la sensación de utilidad, de paz. Y luego pensé en el motel, en el dinero que se esfumaba, en la desesperación que me esperaba a la vuelta de la esquina.

La duda se desvaneció, reemplazada por el instinto de supervivencia.

—De acuerdo —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Acepto.

Una ligera, casi imperceptible, relajación recorrió sus hombros.

—Bien. Vuelva mañana. Discutiremos los términos.

Asentí y me dirigí a la puerta. Cuando salí, el cielo se había cubierto de nubes grises. Una lluvia fina y fría comenzó a caer, empapando lentamente mi cabello y mi ropa. Pero no me apresuré. Caminé bajo la lluvia, sintiendo las gotas en mi rostro como un bautismo, una purificación. No era la felicidad lo que sentía, sino algo más profundo y complejo: un fragil hilo de esperanza.

Iba a tener un trabajo. Iba a tener un propósito. Y al día siguiente, cruzaría de nuevo el umbral de esa mansión, no como una extraña que pedía ayuda, sino como alguien con un lugar, por pequeño e incierto que fuera. La lluvia limpiaba las calles, y a mí me parecía que también limpiaba los restos de mi vieja vida, preparándome para el encuentro que, lo sabía en lo más hondo de mi ser, cambiaría mi destino para siempre.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP