Mundo ficciónIniciar sesiónEl mundo era una mancha borrosa de sombras y dolor. Ya no corría; arrastraba los pies, cada paso un suplicio que me recordaba el vacío sangrante en mi vientre y el desgarro infinito en mi pecho. La ciudad dormía, ajena a mi tragedia. Las farolas arrojaban círculos de luz anaranjada que evitaba instintivamente, pegándome a las paredes, convirtiéndome en otra sombra más.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que escapé de la mansión Hidalgo. Solo sabía que tenía que llegar a un lugar antes de desplomarme. Un único nombre resonaba en mi mente, un faro en medio de mi naufragio: Valeria.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad de calles desiertas, llegué a una puerta modesta en un edificio sencillo de vecinos. Apoyé la frente contra la madera fría, sin fuerzas ni siquiera para llamar. Golpeé con los nudillos, un sonido débil y quejumbroso.
Pasaron unos segundos eternos. La puerta se abrió apenas unos centímetros, y una cara de mujer con rastros de sueño se asomó. Valeria. Sus ojos, al principio confusos, se abrieron de par en par al reconocer la figura demacrada y cubierta de sangre y tierra que tenía frente a ella.
—¡Cielos santos, Celia!
La puerta se abrió de golpe. Valeria, con la fuerza que da la preocupación, me agarró y me hizo pasar, cerrando el seguro rápidamente.
—¿Qué te ha pasado? ¡Dios mío, estás helada!
No podía hablar. Un temblor incontrolable se había apoderado de mí. Valeria, con la eficacia de la enfermera que era, me guio sin decir una palabra hacia el baño. La luz blanca me hizo parpadear, y por primera vez me vi en el espejo: pálida como la muerte, el cabello enmarañado y sucio, los ojos hundidos y vacíos. Parecía un espectro.
—Tenemos que ir a un hospital —dijo mi amiga, pero negué rápidamente.
—No, no puedo.
Valeria no perdió el tiempo con más preguntas. Con manos firmes y gentiles, me ayudó a quitarme los harapos ensangrentados. Me dejé hacer, sumida en un estado de shock. El agua caliente de la ducha me estremeció, lavando la suciedad, la sangre seca y el sudor del miedo. Mientras el agua corría rojiza por el desagüe, Valeria coció, limpió y vendó mis heridas: las del parto y las que el alambre de púas me había hecho en el costado. Me puso un camisón limpio y me llevó a la cama, arropándome como a una niña.
—Tienes que comer algo —dijo con una voz que no admitía discusión.
Regresó con una taza de caldo caliente. Lo tomé con manos temblorosas. El calor del líquido se extendió por mi cuerpo, devolviéndome una chispa de vida que creía perdida. Fue entonces, con el calor reconfortante en la garganta y la seguridad de ese pequeño apartamento, cuando la compuerta que contenía mi dolor se rompió.
Un sollozo hondo y desgarrador escapó de lo más profundo de mi ser. Las lágrimas brotaron sin control, calientes e inagotables.
—Me lo quitaron, Val —logré decir entre espasmos—. Me arrancaron a mi bebé de los brazos.
Me desplomé, y Valeria se sentó a mi lado, abrazándome en silencio, permitiéndome desahogar ese océano de angustia. No había palabras que pudieran consolar una pérdida así.
Cuando las lágrimas comenzaron a ceder, dejando tras de sí un agotamiento aún mayor, alcé la vista. Mis ojos, ahora enrojecidos, brillaban con una luz feroz y peligrosa.
—Tengo que recuperarlo —declaré, con la voz ronca pero llena de una determinación absoluta—. No importa lo que me cueste. Lo encontraré y lo recuperaré.
Valeria suspiró, y su rostro se llenó de una pena profunda y comprensiva. Tomó mis manos entre las suyas.
—Celia, mi vida, escúchame. Lo que dices… es una locura. Es un suicidio.
—¡Es mi hijo!
—¡Y ellos son los Hidalgo! —replicó Valeria, con una urgencia contenida—. En este pueblo, su palabra es ley. Tienen a la policía, a los jueces, a todo el mundo en el bolsillo. Si vas a denunciarlos, ¿quién te va a creer a ti, una empleada, contra la familia más poderosa y respetada? Te tacharían de loca, de una trepadora que quiere extorsionarlos. Y entonces, no solo no recuperarías a tu bebé, sino que te encerrarían en un manicomio o te harían desaparecer de verdad. No subestimes lo que son capaces de hacer para proteger su nombre.
Sus palabras cayeron sobre mí como martillazos, destrozando los restos de mi esperanza. Quise discutir, gritar que se equivocaba, pero en el fondo de mi corazón sabía que decía la verdad. Había visto el desprecio absoluto en los ojos de Doña Elvira. Eran intocables.
—Entonces, ¿qué hago? —pregunté, con la voz quebrada por la desesperación—. ¿Me quedo aquí escondida, esperando a que me encuentren y terminen el trabajo? No tengo a nadie más, Val. No tengo a dónde ir.
Valeria me miró fijamente, y en sus ojos había una lucha interna. Finalmente, respiró hondo.
—Hay un lugar. No es agradable, ni seguro de la manera en que nosotros entendemos la seguridad. Pero es el único sitio donde el largo brazo de los Hidalgo no puede alcanzarte.
Guardé silencio, esperando.
—Wolfcrest —dijo finalmente, y el nombre sonó como un susurro cargado de advertencia.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Todos conocíamos las historias. La ciudad gobernada por la supremacía de los licántropos. Un lugar donde los humanos eran ciudadanos de segunda, si es que podían considerarse ciudadanos. Donde las reglas las ponían los hombres lobo, y la ley era la de las manadas.
—¿Estás loca? —murmuré—. Allí… es un infierno. Mejor que me maten aquí.
—Allí no te matarán por orden de los Hidalgo —replicó Valeria con firmeza—. Allí, el miedo a los licántropos es tan grande que mantiene a raya incluso a los humanos más malvados. Ningún sicario de los Hidalgo se atrevería a causar problemas en su territorio. Es la única sombra lo suficientemente grande para ocultarte. Allí podrás… sobrevivir. Rehacerte. Ganar algo de tiempo.
La miré, buscando una alternativa, una grieta de esperanza en otro sitio. Pero no la había. Por un lado, estaba la certeza de la muerte a manos de los Hidalgo si me quedaba. Por el otro, el terror incierto de Wolfcrest. Un terror que, por extraño que pareciera, era una opción menos aterradora que la sonrisa cruel de Doña Elvira.
El recuerdo del llanto de mi hijo, el vacío de mis brazos, fue lo que decidió por mí. Para encontrar a mi hijo, primero tenía que vivir.
—Iré —dije, y mi voz sonó extrañamente serena.
Valeria asintió, con lágrimas en los ojos. Sabía lo que estaba haciendo, pero también sabía que no había otra opción. Reunió algo de dinero, todo lo que pudo, y me lo entregó en un sobre.
—Es para que te ayudes al principio. Ten cuidado, Celia. Allá… no confíes en nadie.
Después de unos días para sanar mis heridas y recuperar fuerzas, finalmente llegó el amanecer de la partida. Me despedí de Valeria con un abrazo silencioso, cargado de todo lo que no podíamos decirnos. Salí del apartamento vestida con ropa prestada, con el dinero de Valeria en el bolsillo y una dirección escrita en un papel.
Caminé hacia la estación de autobuses, cada paso alejándome de mi vida pasada y acercándome a lo desconocido. Mientras el paisaje familiar se desvanecía por la ventana, cerré los ojos. No veía las calles que dejaba atrás, ni imaginaba las calles a las que me dirigía. Solo veía el rostro de un recién nacido… un rostro que ya empezaba a desdibujarse en mi memoria.
Me dirigía hacia el reino de las bestias, con el corazón roto y el nombre de mi hijo como un mantra.







