La mansión, en el silencio opresivo de la mañana siguiente al encuentro con Morgana, parecía contener la respiración. Cada sombra en el pasillo, cada crujido de la madera antigua, me recordaba lo ajena que era, lo poco que entendía del mundo en el que ahora estaba atrapada. El miedo a Morgana era concreto, un cuchillo afilado. Pero el miedo a lo desconocido, a la naturaleza misma de las criaturas que me rodeaban, era una niebla tóxica que se enredaba en mis pulmones y nublaba mi juicio.
No podí