Pero entonces, las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Emily, quien la miraba con tristeza e impotencia.
—Rubí, por favor… no tengo otra opción. Si la tuviera, no me atrevería a molestarte. Te lo suplico… solo tú puedes salvar a mi hermano.
Rubí frunció el ceño, dudando. Guardó silencio mientras intentaba encontrar una respuesta adecuada.
Negarse en ese momento solo la haría parecer insensible.
—Emily… yo tampoco sé qué decirte. Déjame pensarlo —respondió al fin.
—Prometo que nadie te