—Sabía que no podrías hacer nada por mí —dijo Valeria, con la voz dura por la frustración—. Estaba segura de que me negarías tu ayuda, y aun así lo intenté.
Señaló a Doris con un gesto de resignación.
—No te culpo, Doris. Sé que podrías perder tu trabajo y meterte en graves problemas con Alexander. Así que, no se me ocurrirá volver a pedirte algo así.
Valeria abandonó el sofá. La decepción la quemaba por dentro. Doris se apresuró a detenerla, sujetándola por el antebrazo.
—Señora Valeria, s