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Alexander dejó la oficina con la mente en ebullición. Mientras conducía de regreso a casa, las palabras de su amigo Leo resonaban en su cabeza: “No dejes que las acciones de los Beaumont te distraigan tanto…”

Pensó en Valeria. La imagen de ella, temblando y rompiendo a llorar en el coche, y luego, la ternura forzosa con la que la alimentó con avena. Decidió que debía llevarle algo de comer. Descartó la idea antes... Esta vez, debía ser algo que la sacara del pozo, algo menos medicinal. Se detu
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