Leo se sentó en el asiento del conductor de su auto, sin arrancar el motor. Sacó el teléfono y marcó el número de Alexander. Sonó dos veces antes de que la voz de su amigo contestara y se escuchara a través de la línea telefónica.
—Alexander, soy yo —saludó.
—Lo sé, ¿qué pasa? Es raro que me llames tan temprano... ¿sucedió algo con la agencia?
—No, la agencia está bien. Soy yo. Necesito un consejo de tu parte.
Alexander soltó un bufido sarcástico al otro lado de la línea.
—¿Tú pidiendo cons