—¡Yo soy quien debería decirte que me entiendas, Valeria!—la voz de Alexander regresó del teléfono, cargada de una desesperación aún mayor—. No quiero divorciarme de ti. No te daré el divorcio. No puedes separarte de mí así como si nada. Una cosa es que estés molesta conmigo, pero eso no significa que vas a alejarte y me vas a quitar también el derecho y la oportunidad de ver a esos bebés.
Valeria se sintió acorralada, entre la espada y la pared. Su corazón latía con una fuerza brutal, sabiendo