Esa noche, durante la cena, Valeria estaba sentada a la mesa con sus padres, comiendo lentamente. No es que no tuviera apetito, pero con todo lo que había sucedido, la comida no tenía sabor. Estaba allí, luchando por alimentarse, mientras los sollozos y la rabia contenida le presionaban el pecho.
Diana la observó, dándose cuenta de su lucha, y se preocupó.
—Valeria, ¿quieres comer algo más?—sugirió, suavemente—. Puedo decirle a la cocinera que te prepare algo diferente. Tal vez con algo distint