Valeria abrió los ojos esta mañana sintiéndose aturdida. Tuvo que sostenerse la cabeza con las manos por unos minutos, le dolía, tal vez como consecuencia de haber llorado demasiado durante la noche. Había sido horrible; tomar una decisión como esa no era nada fácil para ella.
En todo caso, se dirigió a la mesa junto a sus padres biológicos.
—Buenos días—saludó. Ambos correspondieron al saludo.
—¿Cómo has dormido?—inquirió Alejandro.
—¿Has podido descansar bien, Valeria?—cuestionó Diana, co