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El amanecer se clavó en la sien de Alexander como un puñal helado. Al despertar, la resaca se manifestaba como golpes dentro de su cráneo.

Necesitaba, con urgencia desesperada, algo que contrarrestara aquella horrible molestia.

Se obligó a deslizarse fuera de la cama. Sus movimientos eran lentos, deliberados, como si cada articulación estuviera rellena de arena. El camino hacia el comedor fue una odisea de contención. Al llegar, encontró a Doris, preparando el desayuno con su habitual eficien
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