Mundo ficciónIniciar sesiónIntenté concentrarme en la conversación de Bianca y en las ocurrencias de Noah, pero mi cabeza seguía en otro lugar.
Los Moretti. Valeria. La desaparición de Lorenzo. Demasiadas cosas habían ocurrido en muy poco tiempo y ninguna parecía tener una explicación lógica. —Voy al baño —murmuré después de unos minutos. Isabella levantó la mirada. —¿Quieres que te acompañe? —No. Ya regreso. Me levanté de la mesa y le sonreí a Noah antes de alejarme. Necesitaba unos minutos para despejarme. El salón seguía lleno de invitados, pero mientras avanzaba por uno de los pasillos que conducían hacia los baños, el ruido comenzó a disminuir. Llegué al baño y permanecí allí unos minutos más de lo necesario. Me observé en el espejo. Mi cabello seguía en su sitio, aunque algunos mechones se habían soltado. Respiré profundamente. —Cálmate, Sophie. No sabía por qué estaba tan inquieta. Quizás era simplemente todo lo ocurrido aquella noche. Primero Leonardo, después Valeria y finalmente, la desaparición de Lorenzo y los demás. Me lavé las manos y salí. El pasillo estaba mucho más vacío. Miré hacia el salón.Todavía podía escuchar la música y las voces de los invitados a lo lejos. Comencé a caminar.No llegué demasiado lejos.Una sombra apareció detrás de mí. No tuve tiempo de girarme.Una mano cubrió mi boca. Abrí los ojos de golpe.Intenté gritar, pero el sonido quedó atrapado contra aquella palma. —Mmm... El hombre me sujetó con fuerza por la cintura.Mi corazón comenzó a golpearme el pecho. Pataleé, intenté clavarle las uñas, golpeé su brazo con todas mis fuerzas y nada. —¡Mmm! ¡Suél...! La otra mano cubrió mi rostro y algo cayó sobre mis ojos. Una venda.Todo se volvió negro.El terror me recorrió de pies a cabeza. Intenté aferrarme al suelo, a cualquier cosa que pudiera detenerme, pero el hombre me arrastró con una fuerza que no podía igualar. —¡Ayuda! —conseguí gritar apenas cuando retiró la mano de mi boca. No escuché a nadie. —¡Ayúdenme! Una puerta se abrió. El aire frío de la noche golpeó mi piel. Y entonces comprendí. Me estaban sacando del lugar. —¡No! ¡Suéltenme! Intenté resistirme nuevamente.Una mano apretó mi brazo. —Quédate quieta. La voz masculina me hizo estremecer.No reconocía al hombre. —¿Quién eres? ¿Qué quieres? No respondió. Escuché una puerta abrirse.Después fui empujada hacia dentro. —¡No, por favor! Mi cuerpo cayó sobre un asiento. Intenté incorporarme inmediatamente, pero alguien sujetó mis muñecas.La puerta se cerró. El sonido del motor arrancando me hizo comprender que aquello era real. Me estaban secuestrando.Se me cerró la garganta. —¡Déjenme salir! Golpeé la puerta. —¡Por favor! ¡Déjenme salir! Nadie respondió. La camioneta comenzó a moverse. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. No entendía nada. No había hecho nada.No conocía a aquellas personas. ¿Por qué yo? —¿Qué quieren de mí? —pregunté entre sollozos—. ¿Quién los mandó? Silencio. —¡¿Quién los mandó?! Escuché una voz delante de mí. —Cállate. Me quedé inmóvil. Apreté las manos contra mi vestido.Intenté respirar. Uno. Dos. Tres. No funcionó.Mi respiración se volvió irregular. Pensé en Noah. En Isabella. En Bianca. En Lorenzo. Dios. Lorenzo. ¿Ya se habrían dado cuenta de que había desaparecido? ¿Estaría buscándome? ¿Sabía siquiera lo que estaba ocurriendo? Las lágrimas continuaron cayendo. —Por favor... Mi voz salió tan débil que apenas pude reconocerla. —Solo quiero volver. Nadie contestó. No sabía cuánto tiempo llevaba dentro de aquella camioneta. Podían haber sido diez minutos.Podía haber sido una hora.Había perdido toda referencia. Entonces el vehículo frenó bruscamente.Mi cuerpo se fue hacia adelante. —¿Qué está pasando? Escuché puertas abrirse. Voces. Varias. Mi corazón volvió a acelerarse. —¿Quiénes son? Nadie respondió.Y entonces escuché un disparo. Me quedé completamente paralizada. Después otro y otro. El sonido parecía provenir de diferentes lugares. —¡¿Qué está pasando?! —grité. Me encogí contra el asiento. No sabía quién estaba disparando.No sabía si iban a matarme. No sabía si aquellos hombres estaban siendo atacados o si eran ellos quienes estaban disparando. Me tapé los oídos. —Por favor... Las lágrimas salieron con mayor fuerza.Escuché un golpe contra la camioneta. Después pasos.La puerta trasera se abrió. Alguien me sujetó del brazo. —Vamos. —¡No! Me aferré al asiento. —¡No voy a ir con ustedes! —Muévete. —¡No! Me arrastraron fuera. Mis zapatos chocaron contra el suelo. No sabía dónde estaba. Solo podía sentir el aire frío y húmedo contra mi piel. Me llevaron hacia algún lugar. Una puerta, escaleras y luego una habitación. Me hicieron sentarme en una silla.Mis manos temblaban. —¿Dónde estoy? Nada. —¿Quién me secuestró? Silencio. —¡¿Por qué me hicieron esto?! La puerta se cerró. Escuché pasos alejándose.Y entonces me quedé sola.Completamente sola. No sé cuánto tiempo permanecí allí. Tal vez minutos, tal vez una eternidad. Cada ruido me hacía sobresaltarme.Cada sombra que aparecía detrás de la venda hacía que mi corazón amenazara con escapar de mi pecho. Finalmente, escuché una puerta abrirse. Pasos. Esta vez eran tranquilos.Demasiado tranquilos. Alguien se detuvo frente a mí. —Puedes quitársela. Sentí unas manos detrás de mi cabeza. La venda fue retirada.Parpadeé varias veces. La luz me obligó a cerrar los ojos.Cuando finalmente pude enfocar la vista, mi respiración se detuvo. Lo conocía. Leonardo Moretti. El hombre de la gala. El mismo hombre que había estado hablando conmigo antes de que Lorenzo apareciera. El mismo hombre que había provocado aquella tensión que todavía no lograba comprender. —Tú... Leonardo se sentó frente a mí. —Hola, Sophie. Me levanté de golpe. —¿Qué haces aquí? Dos hombres aparecieron detrás de mí. Retrocedí inmediatamente. —¿Dónde estoy? Leonardo levantó una mano y los hombres se apartaron. —Tranquila. —¡¿Tranquila?! —mi voz se quebró—. ¡Me secuestraste! —Sí. La facilidad con la que lo admitió me dejó completamente desconcertada. —¿Por qué? Leonardo me observó. —Porque necesitaba hablar contigo. Solté una risa nerviosa. —¿Hablar conmigo? ¡Podías acercarte y hablarme en la gala! —No habría sido una conversación muy privada. —¡Entonces podías llevarme a un lugar sin secuestrarme! —Quizás. Me quedé mirándolo. —¿Qué quieres de mí? Leonardo apoyó los brazos sobre sus piernas. —Quiero saber qué sabes sobre Lorenzo De Luca. Mi estómago se contrajo. —¿Qué tiene que ver Lorenzo con esto? Leonardo sonrió ligeramente. —Todo. —No entiendo. —Eso es lo que más me interesa. —¿De qué estás hablando? Leonardo inclinó la cabeza. —¿Sabes quién es realmente Lorenzo? Fruncí el ceño. —¿Qué estás intentando decirme? Leonardo se levantó. Caminó lentamente alrededor de la habitación. —Lorenzo De Luca no es simplemente un hombre rico. Me quedé inmóvil. —No sé qué historia estás intentando inventar, pero... —Es un mafioso. Lo miré. No reaccioné.Durante unos segundos simplemente lo observé, esperando que sonriera. Que dijera que era una broma. No lo hizo. —Eso es mentira. Leonardo se detuvo. —¿Eso crees? —Sí. —Entonces dime, Sophie. ¿Por qué crees que un hombre como Lorenzo tiene siempre gente armada cerca? ¿Por qué su familia es tan reservada y aislada? ¿Por qué nadie cuestiona sus órdenes? Mi mente comenzó a llenarse de imágenes. La tensión con Leonardo y su familia. —No. Negué con la cabeza. —No. —Te resulta más fácil pensar que estoy mintiendo. —Porque lo estás haciendo. —¿Y qué sabes tú de Lorenzo? Abrí la boca. No salió nada. Leonardo se acercó un poco. —Exactamente. Sentí que las lágrimas regresaban a mis ojos. —¿Por qué me estás diciendo esto? —Porque quiero que entiendas dónde estás parada. —¿Dónde estoy? —En medio de una guerra que empezó mucho antes de que tú nacieras. Mi respiración se detuvo. —¿Tú también eres..? Leonardo sonrió. —Finalmente llegamos a eso. —¿Qué tienen que ver ustedes con los De Luca? —Nuestras familias llevan demasiado tiempo enfrentadas. —¿Por qué? —Eso no es importante para ti. —¡Estoy secuestrada! ¡Claro que es importante para mí! Leonardo soltó una pequeña risa. —Tienes razón. Me crucé de brazos, intentando contener el temblor de mis manos. —Entonces dime por qué estoy aquí. Leonardo me miró directamente. —Por dos razones. Sentí un nudo en el estómago. —La primera es bastante sencilla. —Se inclinó ligeramente hacia mí —. Me gustas. Lo miré horrorizada. —¿Qué? —Me llamaste la atención desde que te vi. —Eso no es una razón para secuestrarme. —No he terminado. Se apartó. —La segunda razón es Lorenzo. Mi corazón dio un vuelco. —¿Qué pasa con él? Leonardo sonrió. —Quiero hacerlo enfadar. —¿Y para eso me secuestras? —Lorenzo tiene muy pocas debilidades. —Su mirada se clavó en mí —.Tú eres una de ellas. Me quedé helada. —No. —Sí. —No sabes nada de nosotros. —Solo ver la manera en que se puso al acercarme a ti me dejó claro que hay algo entre ustedes. —¡No somos nada! Las palabras salieron demasiado rápido. Leonardo levantó una ceja. —Curioso. —¿Qué? —La forma en que lo defiendes. —No respondí —. Y, sin embargo, él no te ha contado nada. Sentí una punzada en el pecho. —No necesito saberlo todo sobre él. —Eso dices ahora. Leonardo caminó hacia la puerta. —¿A dónde vas? —Tengo cosas que hacer. —¡Espera! Se giró. —¿Qué vas a hacer conmigo? —Nada. —¿Nada? —No tengo intención de hacerte daño. —Entonces déjame ir. —Todavía no. Mi rostro se descompuso. —¿Por qué? —Porque quiero que Lorenzo entienda algo. —¿Qué? Leonardo abrió la puerta. —Que no puede protegerte de todo. —¡Leonardo! Él se detuvo. —Volveré mañana. Y salió. La puerta se cerró. Me quedé mirando el lugar por donde había desaparecido. Mi cuerpo comenzó a temblar.No sabía qué era peor. Estar secuestrada o que Leonardo hubiera admitido que me había llevado para hacerle daño a Lorenzo. Aquella frase que no podía sacar de mi cabeza. "Es un mafioso" Negué lentamente. No. No podía ser verdad. El hombre que había conocido no podía ser ese monstruo que Leonardo intentaba describir. Lorenzo era serio, reservado, protector y aveces arrogante e insoportable. Pero no era un mafioso.No podía serlo. Aunque una pequeña parte de mí comenzaba a recordar todas aquellas cosas que antes no tenían sentido. Y por primera vez, tuve miedo de que Leonardo estuviera diciendo la verdad...






