Mundo ficciónIniciar sesiónEl salón privado se encontraba apartado del resto de los invitados.
La música de la gala llegaba amortiguada a través te de las puertas cerradas, pero allí dentro el ambiente era completamente distinto. Mi padre estaba sentado frente a mí. Matteo permanecía a su lado, con los brazos cruzados y el rostro serio. Yo seguía de pie junto a la ventana, observando las luces de la ciudad mientras repasaba mentalmente todo lo ocurrido durante las últimas horas. Leonardo Moretti. Su aparición en la gala no había sido una casualidad. Tampoco lo había sido su acercamiento a Sophie. —No podemos dejarlo pasar —dijo Matteo. Me giré hacia él. —No pienso hacerlo. —Entonces debemos decidir qué vamos a hacer. Mi padre entrelazó las manos sobre la mesa. —Primero necesitamos saber qué pretendían con el atentado. —Ya sabemos lo suficiente —respondí—. Intentaron atacar una de nuestras rutas y dejaron claro que querían que supiéramos que fueron ellos. —Después de lo que ocurrió hace unos días, no pienso darle el beneficio de la duda. —¿Y qué propones? —Cerrarles dos de sus principales rutas comerciales. Mi padre negó con la cabeza. —Eso sería una provocación directa. —Ya estamos en guerra. —No. La firmeza de su voz hizo que guardáramos silencio. —Estamos evitando que esto se convierta en una guerra abierta —continuó—. Hay una diferencia. Solté una respiración pesada. —Intentaron sabotearnos. —Y por eso debemos actuar con inteligencia, no con rabia. Mis manos se cerraron lentamente. No me gustaba, pero sabía que tenía razón. Los Moretti llevaban demasiado tiempo jugando con nuestros límites y nosotros habíamos tolerado demasiado. —Entonces bloqueamos sus proveedores —dijo Matteo—. Sin tocar sus rutas principales. Mi padre lo observó. —¿Qué conseguiríamos con eso? —Presión. Y no podrían responder atacando directamente sin admitir que están detrás de lo ocurrido. Pensé durante unos segundos. —Háganlo. Mi padre me miró. —¿Estás seguro? —Sí. —Entonces será discreto. Nada que pueda relacionarse directamente con nosotros. Asentí. —Entendido. La decisión estaba tomada. Y, aunque todavía quedaban demasiadas cosas por resolver, al menos teníamos una dirección. —Volvamos —dijo mi padre—. No quiero que tu madre comience a preguntarse dónde estamos. Asentí y salí del salón privado junto a ellos. La música volvió a hacerse más perceptible mientras regresábamos al salón principal. Mi mirada recorrió inmediatamente el lugar. Busqué a Noah. Lo encontré sentado junto a mi madre, después a Isabella y entonces me di cuenta. Fruncí el ceño. Sophie no estaba. Mi mirada recorrió nuevamente las mesas. Me acerqué a Isabella. —¿Dónde está Sophie? Ella levantó la mirada. —¿Sophie? —Sí. —Fue al baño hace un rato. Miré hacia el reloj. —¿Hace cuánto? Isabella pareció pensarlo. —No sé. ¿Quince minutos? Mi expresión cambió. —¿Quince? —Quizás un poco más. —¿Y no ha regresado? Isabella negó con la cabeza. Algo dentro de mí se tensó. —Voy a buscarla. —Lorenzo... No esperé. Me alejé de la mesa y crucé el salón. No sabía por qué aquella sensación había aparecido tan rápidamente. Llegué al pasillo que conducía hacia los baños. Estaba vacío. —Sophie. Nada. Seguí avanzando. —Sophie. Abrí la puerta del baño de mujeres. —¿Sophie? Silencio. Entré. No había nadie.Revisé cada uno de los cubículos. Vacíos. El pequeño salón contiguo. Nada. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Salí nuevamente al pasillo. —¡Sophie! Nada. Volví sobre mis pasos. Miré hacia las puertas laterales. Nada. —Mierda. Saqué el teléfono. En ese instante escuché pasos apresurados detrás de mí. Me giré. Isabella venía con Matteo. —¿Qué sucede? —preguntó ella. —No está. Isabella perdió el color del rostro. —¿Cómo que no está? —No está en el baño. —Quizás regresó a la mesa. —No. Mi voz salió demasiado seca. —No está allí. Matteo se acercó. —¿La buscaste? —En todas partes. Isabella miró hacia el pasillo. —Quizás salió por otra puerta. —No lo sé. Saqué el teléfono. —Voy a llamar a Marco. Matteo entendió inmediatamente. —¿Crees que...? —No sé qué creo. Marqué. Marco respondió al segundo tono. —Dime. —Necesito las cámaras de seguridad de esta gala. —¿Qué ocurrió? —Sophie desapareció. Hubo un breve silencio al otro lado. —¿Cómo que desapareció? —No está en el baño, no está en la mesa y nadie sabe dónde está. Quiero todas las cámaras de los pasillos y de las salidas. Ahora. —Entendido. Colgué. Isabella permanecía inmóvil. —Lorenzo... —No sabemos nada todavía. —Pero... —He dicho que no sabemos nada. La última palabra salió más fuerte de lo que pretendía. Isabella guardó silencio. Matteo me observó. Él sabía lo que estaba pasando. Yo también. Aquella sensación. Ese maldito instinto que había aprendido a escuchar durante años. Algo no estaba bien. Mi teléfono vibró. Lo tomé inmediatamente. —¿Qué encontraste? —Estoy revisando las grabaciones. —Pues hazlo más rápido. —Necesito unos minutos. Apreté la mandíbula. —Tienes dos. Colgué. Isabella me miró. —¿Qué vamos a hacer? —Esperar. —¿Esperar? —A que Marco nos diga algo. No me gustaba aquella palabra. Esperar. Nunca había sido bueno esperando y mucho menos cuando se trataba de Sophie. Mi mirada volvió hacia el salón. Y entonces Isabella habló. —Hay algo que no te he contado. Me giré hacia ella. —¿Qué? Intercambió una mirada con Matteo. —Antes de regresar a la mesa, Sophie y yo nos encontramos con Valeria. Sentí que algo se endurecía dentro de mí. —¿Valeria? —Sí. —¿Qué quería? —No lo sé. Nos detuvo para saludarme. —¿Y Sophie? —Preguntó quién era. —¿Qué le dijiste? Isabella vaciló. Eso fue suficiente. —Isabella... —Le dije que era tu nueva pareja. Mis ojos se cerraron durante un segundo. —¿Por qué hiciste eso? —Porque... —¿Qué pasó después? —Valeria se sorprendió. Preguntó cuánto tiempo llevaban juntos. —¿Y? —Nada más. —¿Dónde está ahora? Isabella negó con la cabeza. —No lo sé. Mi mirada pasó de ella a Matteo. Leonardo, Valeria, Los Moretti. "Sophie" Todo encajaba demasiado mal. —Encuéntrenlos. Matteo sacó su teléfono. —¿A los dos? —A Leonardo y a Valeria. —¿Quieres que los hombres los busquen? —Sí. —¿Crees que alguno de ellos...? —No lo sé, Matteo. Mi voz se quebró de rabia. —Pero si alguien tocó a Sophie, pagará muy caro esto. Matteo asintió. Se apartó para hacer algunas llamadas. Yo marqué nuevamente a Marco. Esta vez contestó rápidamente. —Lorenzo. —¿Qué tienes? —Estoy revisando las cámaras de las salidas. —¿La encontraste? —Todavía no. Sentí que mi pulso aumentaba. —Entonces sigue buscando. Colgué. Pasaron unos minutos. Demasiados. Finalmente Matteo regresó. —Leonardo ya no está en la gala. —¿Valeria? —Tampoco. Miré alrededor. El salón seguía lleno de personas conversando, riendo y bebiendo como si nada hubiera sucedido. Como si el mundo no acabara de inclinarse bajo mis pies. Saqué el teléfono. Llamé a mi padre. —Papá. —¿Qué ocurre? —Sophie desapareció. Hubo silencio. —¿Qué quieres decir con desapareció? —No está en la gala. Marco está revisando las cámaras. —¿La han secuestrado? —Todavía no lo sé. —Lorenzo... —No quiero alarmar a mamá ni a Noah. Sáquenlos de aquí. —¿Y tú? —Me quedo hasta encontrarla. —No hagas ninguna estupidez. —Solo llévalos a casa. Colgué. Miré a Matteo. —Nos vamos. —¿Y Sophie? —Marco seguirá trabajando desde la casa. No iba a quedarme allí. No cuando había demasiadas salidas, demasiados invitados y demasiadas posibilidades de que quien hubiera tomado a Sophie ya estuviera muy lejos...






