Capítulo 18 : La Gala

El sábado llegó con más rapidez de lo esperado.

Me encontraba en la habitación de Isabella junto a ella y cuatro chicas que habían venido para ayudarnos a arreglarnos.

La estilista trabajaba en mi cabello mientras otra mujer terminaba de preparar mi maquillaje frente al enorme espejo.

—No te muevas —me advirtió la maquillista.

—Llevo casi veinte minutos sin moverme.

—Y has intentado girar la cabeza al menos cinco veces.

—Porque quiero saber qué estás haciendo.

Isabella soltó una carcajada desde el otro lado de la habitación.

—Déjala trabajar, Sophie. Si quieres verte hermosa esta noche, tienes que confiar en ella.

La miré a través del espejo.

Isabella llevaba un vestido rojo escarchado sumamente hermoso que se amoldaba a su figura y brillaba cada vez que se movía.

La maquillista terminó de aplicar el producto sobre mis párpados y retrocedió para observar su trabajo.

Mis ojos estaban resaltados con tonos cálidos y brillantes, acompañados por una línea delicada que hacía que mis pestañas parecieran más largas. Mi piel lucía luminosa y uniforme, mientras que mis labios tenían un tono rosado suave.

No parecía otra persona.

Y eso, de alguna manera, me tranquilizó.

—Perfecto —murmuró la mujer.

La estilista se apartó entonces de mi cabello.

Mi cabello había quedado recogido en un moño bajo y elegante, ligeramente desenfadado, con algunos mechones ondulados cayendo alrededor de mi rostro.

Isabella apareció detrás de mí en el espejo.

Por primera vez en toda la tarde, se quedó callada.

—¿Qué? —pregunté.

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Nada.

—Isabella...

—Solo estoy pensando que quizá esta noche tenga que vigilar a ciertas personas.

Fruncí el ceño.

—¿A qué personas?

—A ninguna que deba preocuparte.

—Eso no me tranquiliza.

Ella rio.

—Ven. Falta lo mejor.

Me levanté de la silla y ella caminó hasta una pequeña mesa donde habían colocado varios accesorios.

—No necesito demasiadas cosas.

—Lo sé.

Isabella tomó unos pendientes largos y delicados que brillaron bajo la luz.

—Por eso elegí estos.

Me los colocó con cuidado y después tomó una pulsera fina.

—Y esto.

—Isabella...

—Confía en mí.

Dejó la pulsera sobre mi muñeca y finalmente tomó el bolso que habíamos escogido en la boutique.

Era pequeño, elegante y del mismo tono profundo del vestido.

—Perfecto —declaró.

Después señaló una caja.

—Tus zapatos.

La abrí y encontré unas sandalias de tacón fino en tono plateado.

—Son preciosas.

—Lo sé.

—¿Y cómodas?

Isabella me miró.

—No exageres.

Solté una carcajada.

—Eso significa que no.

—Significa que la belleza tiene sacrificios.

—Qué filosofía tan terrible.

—Pero efectiva.

Me puse los zapatos y volví a mirarme en el espejo.

Esta vez, me quedé en silencio.

El vestido era de un verde esmeralda profundo, tan oscuro que bajo ciertas luces parecía casi negro. El escote asimétrico dejaba uno de mis hombros al descubierto, mientras que del otro lado nacía una manga larga de tela transparente que caía con suavidad por mi brazo y se extendía hasta casi rozar el suelo, dándole al conjunto una apariencia delicada y sofisticada.

La parte superior se ajustaba a mi cuerpo y se recogía ligeramente en la cintura, marcando mi silueta antes de dar paso a una falda larga y fluida de finos pliegues que caía hasta el suelo.

Una abertura lateral se perdía entre los pliegues de la falda y dejaba al descubierto parte de mi pierna al caminar. No era demasiado atrevida, pero sí lo suficiente para romper con la sobriedad del vestido.

La tela se movía con cada pequeño movimiento, haciendo que la falda pareciera flotar alrededor de mis piernas.

El bolso de mano, también verde, descansaba entre mis manos, mientras las sandalias plateadas de tiras finas apenas se asomaban bajo el vestido.

No estaba acostumbrada a verme así y de alguna manera, me costaba reconocerme en el reflejo.

Isabella me observó con una sonrisa satisfecha.

—Estás preciosa, Sophie.

Esta vez no tuve ninguna respuesta sarcástica.

—Gracias.

Isabella me sonrió antes de mirar hacia la puerta.

—Bien, es hora de bajar. Mis padres ya se adelantaron y abajo nos esperan los trogloditas de mis hermanos y Noah.

Mi estómago dio un pequeño vuelco.Bajamos las escaleras juntas.

Intenté concentrarme en mis pasos y no en el ruido de mis propios tacones contra el suelo.

A cada escalón, la falda del vestido se deslizaba alrededor de mis piernas y la tela transparente que cubría mi brazo se movía suavemente detrás de mí.

Cuando llegamos al último escalón, Isabella siguió avanzando, pero yo me detuve.

Las conversaciones en la sala habían cesado.

Levanté la mirada.

Matteo fue el primero en verme.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Vaya.

Isabella sonrió satisfecha.

—Cierra la boca, Matteo.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estabas pensando.

Él soltó una risa y entonces mis ojos se encontraron con los de Lorenzo.

Se quedó completamente quieto.

No dijo nada.

Ni siquiera hizo el intento de disimular su reacción.

Su mirada descendió lentamente desde mi rostro hasta el hombro que el vestido dejaba al descubierto. Después recorrió la caída de la tela, la abertura que dejaba entrever mi pierna y la manga transparente que caía junto a mi brazo.

Finalmente, sus ojos regresaron a los míos.

Sentí que el calor comenzaba a subir por mis mejillas.

Matteo carraspeó desde algún lugar de la sala.

—Bueno... creo que alguien debería recordarle a Lorenzo que tenemos una gala a la que llegar.

Lorenzo ni siquiera apartó los ojos de mí.

—Lo sé.

—¡Sophie! —Noah salió del salón —. Estás preciosa.

Sonreí por su cumplido. Lucia un traje con corbata idéntico al de su padre y su cabello perfectamente peinado hacia atrás.

—Tu igual Noah —Me acerqué tomando su mano.

—¿Podemos irnos ya? —preguntó ansioso.

—Claro —respondió Isabella —. Vamos o llegaremos tarde...

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