Mundo ficciónIniciar sesiónEl vehículo se detuvo frente a la entrada del lugar y, durante unos segundos, me limité a observar a través de la ventanilla.
—Vaya... —murmuré. No sabía exactamente qué esperaba encontrar, pero definitivamente no era aquello. La gala se celebraba en uno de los hoteles más lujosos de Bellmont. Desde el exterior, el edificio parecía una mezcla perfecta entre arquitectura clásica y modernidad, con enormes ventanales iluminados y una entrada decorada con arreglos florales blancos que se extendían a ambos lados de la escalinata. Había vehículos de lujo estacionados frente a la entrada y hombres de traje encargándose de recibir a los invitados. Y fotógrafos, muchos fotógrafos. —¿Por qué hay tantos? —pregunté. Isabella soltó una pequeña risa. —Porque hay personas aquí que necesitan que todo el mundo sepa que están aquí. —Eso no tiene ningún sentido. —Bienvenida a las galas de Bellmont. La puerta se abrió y Noah fue el primero en bajar. Me extendió su mano y se la tome terminando de bajar. Más atrás de mi bajo Lorenzo alentando más los flashes mientras abotonaba su traje y se paraba detrás de mí. La última en jara fue Isabella quien sonrió a las cámaras. —¿Tengo que posar? —le pregunté a Isabella en voz baja. —No. —¿Entonces qué hago? —Camina. —Eso sí sé hacerlo. —Perfecto. Entonces no lo arruines. La miré indignada, pero ella ya estaba riendo. Avancé de la mano de Noah y seguida de Lorenzo. Traté de no prestarles demasiada atención, aunque resultaba difícil cuando cada pocos segundos una luz blanca iluminaba mi rostro. No estaba acostumbrada a ese mundo. A los vestidos de diseñador, a los hombres con trajes impecables. A los vehículos que probablemente costaban más de lo que yo ganaría trabajando durante años. Y, definitivamente, no estaba acostumbrada a que alguien tomara fotografías de mí simplemente por haber bajado de un automóvil. Cuando finalmente cruzamos las puertas, tuve que contener una exclamación. El salón era impresionante. La iluminación era cálida y tenue, proveniente de enormes lámparas de cristal suspendidas sobre nuestras cabezas. Las paredes estaban decoradas con molduras doradas y paneles de madera oscura, mientras enormes arreglos florales blancos ocupaban algunos de los rincones. Había mesas redondas cubiertas con manteles blancos y vajilla de porcelana, copas de cristal y pequeños arreglos florales. Las miradas cayeron en nosotros y sabía que las miradas de curiosidad eran más que nada por mi presencia. —Muchos deben estar preguntándose quién eres —Musitó Isabella —. Disfruta ser la atracción y el misterio esta noche. —Llegaron. —Bianca se acerca, me mira y sonríe —. Sophie, cariño. Estás hermosa. —Gracias. —Es mi cita —Musita Noah sonriendo. —Buena elección cariño —Le acaricia y mejilla —. Espero disfruten la gala. —Bianca, querida. Una mujer detrás nuestro llama su atención y esta se disculpa marchándose. Observo las pinturas por todas partes. Algunas colgaban de las paredes. Otras se encontraban expuestas sobre estructuras especialmente diseñadas para ellas, rodeadas de pequeñas placas con información sobre el artista y el valor de la obra. Me acerqué un poco a una de ellas. —¿Cuánto cuesta? —pregunté al leer la placa. Isabella miró por encima de mi hombro. —Esa, alrededor de ciento veinte mil. Giré la cabeza lentamente. —¿Dólares? —Sí. Volví a mirar la pintura. Era bonita.Muy bonita. Pero acababa de perder toda capacidad de apreciarla. —¿Ciento veinte mil por eso? Isabella rio. —No digas eso demasiado alto. —Pero... —Sophie.—Río por lo bajo. —Con ese dinero podría comprar una casa. —Y alguien aquí probablemente ya tenga cinco. —Esto es absurdo. —Y todavía no has visto la subasta. —¿Qué? Su sonrisa se amplió. —Ya lo verás. Y lo vi. Después de que los invitados ocuparan sus lugares, las luces disminuyeron ligeramente y una mujer apareció frente a un pequeño escenario. La conversación del salón fue apagándose poco a poco. La subasta comenzó. La primera obra fue presentada y el precio inicial anunciado. —Cincuenta mil. Una mano se levantó. —Sesenta. Otra. —Setenta. Yo miraba de un lado a otro. —Ochenta. —Noventa. —Cien mil. Abrí los ojos. Isabella se inclinó hacia mí. —¿Estás bien? —Estoy intentando entender qué clase de persona tiene cien mil dólares disponibles para gastar en una pintura. —Personas que tienen mucho dinero. La subasta continuó. Una pintura tras otra. Los números aumentaban con una facilidad que me resultaba casi ofensiva. Doscientos mil. Trescientos. Cuatrocientos. Yo ya había dejado de intentar comprenderlo. En algún momento, Noah se inclinó hacia mí. —¿Te aburres? Lo miré. —Un poco. Él sonrió. —Ven. Miré a Isabella. Ella estaba conversando con una mujer que acababa de acercarse a saludarla. —¿A dónde? —A caminar. —¿Y tu papá? Noah señaló hacia un grupo de hombres al otro lado del salón. Lorenzo estaba allí junto a Matteo. —Está ocupado. Miré nuevamente hacia Isabella. —No creo que... —Vamos, Sophie. Noah tomó mi mano y tiró de mí antes de que pudiera terminar la frase. No pude evitar reír. —Está bien. Pero no te alejes demasiado. —Lo prometo. Comenzamos a caminar entre las mesas. Noah me mostró algunos de los cuadros que había visto anteriormente y me explicó cuáles le gustaban más. —Ese es horrible. Me detuve frente a uno. —¡No es horrible! —Noah, literalmente parece que alguien arrojó pintura sobre el lienzo. —Es arte. —Entonces no entiendo el arte. —Eso parece. Lo miré indignada. —Eres un niño muy insolente. —Mi papá dice que tengo personalidad. —Tu papá miente. Noah soltó una carcajada y no sabía si indignarme o sentirme mal porque un mocoso de 7 años sabía más que yo de arte. Continuamos caminando hasta llegar a una zona más tranquila del salón, alejada del escenario. Por un momento me olvidé de que estábamos rodeados de personas importantes. Solo éramos Noah y yo conversando sobre pinturas que ninguno de los dos podía permitirse. Hasta que escuché una voz masculina detrás de mí. —Disculpe. Me giré. Un hombre de unos treinta años estaba de pie a pocos pasos. Llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado y sostenía una copa entre los dedos. Me dedicó una sonrisa amable. —¿Puedo ofrecerte una copa? Negué con la cabeza. —No, gracias. —¿Estás segura? —Completamente. Su sonrisa no desapareció. —Quizá más tarde. —Quizá. Intenté dar por terminada la conversación y continuar caminando con Noah, pero el hombre permaneció allí. —No te había visto antes. —Es mi primera gala. —Eso explica por qué no te reconozco. Sonrió nuevamente. —¿Y puedo saber con quién tengo el placer? Vacilé. No sabía si aquello era una pregunta normal o si había algo más detrás. —Sophie. —¿Sophie...? Su pregunta quedó flotando en el aire. —Sophie. No le di mi apellido. El hombre pareció darse cuenta de que no pensaba ofrecerle más información. —Entiendo. Su mirada se desplazó hacia Noah. —¿Es su hijo? —No. Respondí demasiado rápido. El hombre sonrió. —Entonces debe haber venido acompañando a alguien. —Sí. —¿A quién? Aquello comenzó a incomodarme. —A unos amigos. —¿Qué amigos? —Los De Luca. El cambio en su expresión fue casi imperceptible. Pero lo vi. Su sonrisa se volvió más interesada. —¿De Luca? —Sí. —Interesante. Fruncí ligeramente el ceño. —¿Por qué? —No sabía que los De Luca habían comenzado a traer invitados nuevos. No me gustó la forma en que dijo aquello. —No sabía que necesitaran autorización para hacerlo. Su sonrisa se ensanchó. —No la necesitan. —Dio un pequeño sorbo a su copa —. Aunque ahora tengo curiosidad. —¿Sobre qué? —Sobre usted. Sentí una incomodidad recorrerme. —No hay mucho que saber. —Eso lo decidiré yo. No me gustó aquella respuesta. Di un paso hacia atrás. Noah dejó de mirar los cuadros y se volvió hacia nosotros. —Sophie... —¿Sí? —¿Podemos regresar con mi papá? Antes de que pudiera responder, el hombre habló nuevamente. —¿Y cómo conoce a los De Luca? —Ya le dije. Soy amiga de Isabella. —Ah. Su mirada volvió a recorrerme. —Entonces es amiga de Isabella. No sabía por qué aquella frase me hizo sentir todavía más incómoda. —Sí. —Leonardo Moretti. Extendió su mano. Me quedé quieta durante un instante. Moretti. Había escuchado ese apellido antes. No sabía exactamente dónde, pero definitivamente no era un apellido cualquiera en Bellmont. Finalmente estreché su mano. —Sophie. —Eso ya lo sé. Retiré mi mano. Leonardo sonrió. —Es un placer conocerla. —Igualmente. No estaba siendo sincera. Y parecía saberlo. —¿Siempre es tan reservada? —Cuando alguien me hace demasiadas preguntas, sí. Leonardo soltó una pequeña carcajada. —Me agrada. —Qué bien. Me giré hacia Noah. —Vamos. Pero Leonardo se movió ligeramente, quedando en nuestro camino. No fue un movimiento brusco. Ni siquiera podría decir que me estaba bloqueando. Pero lo suficiente para hacerme sentir atrapada. —No tiene por qué irse todavía. —Sí tiene. La voz detrás de mí hizo que el ambiente cambiara. Noah sonrió. —Papá. Me giré. Lorenzo estaba allí y nunca había visto su expresión de aquella manera...






