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Capítulo 13 : ¿Es Lo Que Creo?

Tomé asiento sin apartar la vista de la mesa donde Sophie había vuelto a sentarse.

Aquel tipo le decía algo y ella soltó una carcajada natural.

Espontánea, sin reservas y fruncí ligeramente el ceño.

No recordaba haber visto nunca esa sonrisa desde que había entrado a trabajar en la mansión.

Conmigo siempre estaba a la defensiva, respondía con educación o me desafiaba cuando no estaba de acuerdo conmigo.

Pero jamás, jamás la había visto reír de esa manera.

Era como si la mujer que acababa de conocer en aquel restaurante fuera completamente distinta a la niñera que veía todos los días.

—¿Qué vas a pedir?

La voz de Isabella me sacó de mis pensamientos.

Tomé el menú sin siquiera abrirlo.

—Lo de siempre.

Ella me observó unos segundos.Después siguió la dirección de mi mirada.No necesitó mucho para entender qué estaba captando toda mi atención.

Sonrió apenas.

—¿Sucede algo?

Desvié la vista hacia ella.

—No.

—¿Seguro?

Asentí una sola vez.

—Completamente.

Matteo soltó una risa por lo bajo. Conocía esa risa, significaba problemas.

Isabella volvió a mirar a Sophie.

Ella acababa de llevarse una mano al pecho mientras reía por algo que Daniel le había dicho.

Su sonrisa iluminaba por completo el restaurante.

—Mmm...—Apoyó los codos sobre la mesa —.

¿Acaso es lo que creo?

La miré sin entender.

—¿De qué hablas?

Una sonrisa divertida apareció en sus labios.

—¿Te gusta Sophie?

Matteo se atragantó con el agua que acababa de beber.

Comenzó a toser mientras intentaba recuperar el aire.

—¡Joder! —dijo entre toses—. Esa sí que no me la esperaba.

Isabella ignoró por completo su reacción. Seguía mirándome esperando una respuesta.

—No.

Respondí demasiado rápido.

Ella arqueó una ceja.

—Qué respuesta tan convincente.

—No me gusta.

—Claro...

Matteo terminó de beber agua y dejó el vaso sobre la mesa.

—Vamos, hermano. —Se cruzó de brazos —.Responde la pregunta.

Lo miré con poca paciencia.

—Ya la respondí.

—No. —Negó con la cabeza —.Responde de verdad.

Guardé silencio. No pensaba seguir alimentando aquella conversación.

Matteo sonrió de lado.

—¿Te gusta Sophie?

Apreté la mandíbula.

—Es la niñera de Noah.

—Eso no fue lo que pregunté.

—Trabaja para nuestra familia.

—Tampoco fue lo que pregunté.

Tomé la copa de agua y bebí un sorbo.

Esperando que cambiaran de tema.

No ocurrió.

—Lorenzo... —dijo Isabella con una sonrisa tranquila—. Te conozco desde que era una niña.

Suspiré con cansancio.

—¿Y?

—Y jamás te había visto mirar a una mujer de esa manera.

Mi cuerpo se tensó.

—No la estoy mirando de ninguna manera.

Matteo soltó una carcajada.

—Hermano... llevas cinco minutos sin pestañear.

Lo fulminé con la mirada.Él levantó ambas manos.

—¿Qué? Es la verdad.

Volví a mirar hacia la mesa de Sophie.

Él acababa de decir algo.Ella volvió a reír haciéndome sentir una punzada de irritación completamente irracional.

¿De verdad era tan divertido?

—¿Sabes qué es lo que más me llama la atención? —preguntó Isabella.

No respondí.

—Que no la había visto sonreír tanto.

Fruncí el ceño.

—¿Y eso qué tiene?

—Que contigo casi siempre está seria.

Aquellas palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza.

Era cierto.

Conmigo discutía. Se molestaba, me retaba, pero nunca se relajaba de esa forma.

Nunca.

—Tal vez porque tú tampoco se lo pones fácil —añadió Isabella con una media sonrisa.

—¿Insinúas que es mi culpa?

—No.

Bebió un sorbo de vino.

—Solo digo que, cada vez que hablas con ella, pareces estar negociando un tratado de paz.

Matteo estalló en carcajadas.

—¡Eso fue demasiado bueno!

Ni siquiera me molesté en responder porque, por primera vez en mucho tiempo...

Empezaba a preguntarme si Isabella tenía razón.

Si el problema nunca había sido Sophie, Sino yo.

El silencio se instaló en nuestra mesa durante unos instantes.

Matteo seguía entretenido con la expresión de mi rostro.

Isabella, en cambio, había dejado de sonreír.

Volvió a mirar hacia Sophie.

—Es bonita.

No respondí.

—Es inteligente.

Seguí en silencio.

—Tiene carácter.

Mi mandíbula volvió a tensarse.

—Y Noah la adora.

Tomé la copa de vino entre mis manos.

—¿A dónde quieres llegar?

Isabella sonrió apenas.

—A ningún lado. —Hizo una pausa —.Solo estoy enumerando las razones por las que sería muy fácil enamorarse de ella.

Matteo dejó escapar un silbido.

—Isa...

Ella ni siquiera lo miró. Seguía observándome.

—¿Sabes qué es lo curioso?

Levanté una ceja.

—¿Qué cosa?

—Que desde que Sophie llegó a la mansión, tú has cambiado.

Solté una risa irónica.

—Eso es absurdo.

—¿Lo es? —Apoyó ambos antebrazos sobre la mesa —. Antes apenas salías de tu despacho, vivías trabajando, comías solo. No soportabas que Noah interrumpiera una reunión y ahora...

Se quedó pensativa.

—Ahora cenas con él casi todas las noches, juegas con él. Hasta dejas el trabajo para ayudarlo con una tarea.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene nada que ver con ella.

—¿Seguro?

No contesté. Porque ni yo mismo estaba seguro.

Isabella continuó.

—Hace meses intentábamos convencerte de que pasaras más tiempo con Noah. Nunca funcionó, pero apenas llegó Sophie, sin darte cuenta, empezaste a convertirte en el padre que Noah necesitaba.

Aquellas palabras me golpearon más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Bajé la vista hacia la copa.No porque creyera que ella tenía razón. Sino porque una parte de mí empezaba a preguntarse si realmente la tenía.

—No confundas las cosas —murmuré.

—No las estoy confundiendo.

Su voz se volvió más suave.

—Solo creo que ella ha sacado una parte de ti que ninguno de nosotros había visto.

Matteo asintió lentamente.

—Tengo que darle la razón.

Lo miré y el solo se inmutó a levantar los hombros.

—Antes parecías un robot. Ahora, al menos, a veces sonríes.

—No sonrío.

Los dos se echaron a reír.

—¿Ves? —dijo Matteo—. Hasta cuando niegas que sonríes, pones esa cara de viejo amargado.

Rodé los ojos.

—Qué maduros.

—Muchísimo.

Isabella soltó una pequeña carcajada.

Después volvió a dirigir la mirada hacia la mesa de Sophie. En ese momento aquel hombre tomó una servilleta y comenzó a dibujar algo sobre ella.

Sophie observaba con atención.Unos segundos después volvió a reír.Sentí una presión incómoda en el pecho.

Una sensación extraña.

Molesta.

No me gustaba. No entendía por qué me molestaba. Pero ahí estaba.

—¿Sabes qué creo yo? —preguntó Matteo de repente.

Lo miré sin mucho interés.

—Creo que no te gusta verla con otro hombre.

Negué inmediatamente.

—No seas ridículo.

—Entonces deja de mirarlos.

Guardé silencio. Porque, cuando intenté apartar la vista, No pude.

Mis ojos regresaban a ella una y otra vez. Como si mi cabeza quisiera concentrarse en cualquier otra cosa y mi maldito corazón se negara a obedecer.

Isabella dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.

No dijo nada. No hacía falta.

Los tres sabíamos que aquella batalla ya había comenzado y El único que todavía se negaba a aceptarlo era yo...

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