Estaba sentado en mi silla, en la sala de reuniones, con mi brazo apoyado en la mesa y mis dedos golpeando nerviosamente la madera. Josef, mi subordinado, estaba frente a mí, tratando de argumentar conmigo. Sabía muy bien que no me gustaba ser contradicho, pero aún así él insistía en desafiar mis órdenes.
— Tú sabes muy bien que no puedo hacer eso, Josef —le dije, mi voz baja y peligrosa. — Guilda es mi prisionera, y no puedo simplemente entregársela a su padre así como así. Esa perra hiz