Estaba sentada en el suelo sucio y frío de aquella sala, atada y con un pañuelo cubriéndome la boca para que no pudiera gritar. Me sentía débil e indefensa, sin saber qué había sucedido ni cuánto tiempo llevaba allí.
De repente, oí pasos acercándose. La puerta se abrió y un hombre entró. Lo reconocí de inmediato: era Damon, el hombre que amaba y que había desaparecido hacía días, ¿o acaso yo había desaparecido?
Parecía diferente, frío y distante. No sabía qué le había pasado, pero me al