Daniel se alejó de su escritorio con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba. Caminó hacia el ventanal, donde la inmensidad de Valemont comenzaba a encenderse en un baile de luces ambarinas.
—La altura te da una perspectiva diferente —murmuró, observando el horizonte. Luego, se giró hacia Victoria, que permanecía sentada, y le hizo una seña casi imperceptible con la mano para que se acercara.
Victoria obedeció. Al ponerse de pie junto a él, se sintió pequeña ante la escala de la ofic