El auto avanzaba cortando la oscuridad de la ciudad, con el zumbido del motor como único testigo del abismo que se abría en el asiento trasero. Daniel rompió el silencio sin mirarla, manteniendo la vista fija en las luces que desfilaban a través de la ventana.
—¿Quieres pasar por tus cosas? —preguntó, su voz despojada de cualquier matiz emocional, volviendo al tono transaccional del contrato.
Victoria no dudó ni un segundo. Su respuesta fue un dardo directo a la línea de flotación de Daniel