Una hora antes de que la jornada terminara, Victoria subió al piso sesenta. El trayecto en el ascensor se le hizo eterno; su mente era un caos de números y facturas vencidas. Trescientos mil dólares. La cifra le pesaba en los hombros más que cualquier informe técnico.
Llegó a la recepción y la secretaria, tras una breve llamada interna, le abrió las pesadas puertas de madera.
—Señor Meléndez, la señorita Rivera está aquí.
Daniel y Julián, que estaban sumergidos en una conversación en voz