Daniel finalmente levantó la mirada y la observó. Pero esta vez no fue la mirada del heredero altivo ni la del hombre confundido por los efectos de la noche anterior. La observó con una lucidez depredadora, desnudando la realidad de ambos.
—Necesito que vengas conmigo esta noche —sentenció, su voz recuperando ese tono de mando que no admitía grietas.
Victoria no se movió. Ni siquiera pestañeó. La firmeza de su postura era el único rastro que quedaba de la "Princesa de los Rivera".
—No.
El s