El departamento se sentía como una sala de interrogatorios de alta gama. El silencio era denso, interrumpido solo por el sutil roce de la pluma de Julián Herrera sobre el papel. Daniel Meléndez permanecía de pie, con la rigidez de un monolito, mientras Victoria mantenía una distancia prudente, con los hombros tensos y la mirada alerta. No eran dos amantes negociando una tregua, eran dos generales trazando las fronteras de una guerra fría.
—Solo será en público —sentenció ella, marcando la pri