Mi pecho se comprime. Creí no volver a encontrarlo tan cerca, salvo en ferias o cenas corporativas donde la cortesía obliga. Desde aquel día en que le devolví hasta el último centavo con intereses, había mantenido la distancia. Y ahora, ahí está, como si el tiempo no hubiese puesto el océano que yo misma levanté entre nosotros.
—Buenas noches, señor Paxton. —respondo con amabilidad forzada; mi voz suena seca, contenida, pero no quebrada—. No pensé que vendría… ni que lo volvería a ver.
Él sosti