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 Capítulo 7 —Autocontrol

Capítulo 7 —Autocontrol

Narrador:

Había visto a las mujeres más hermosas de Europa vestidas con los atuendos más caros y sugerentes, pero ninguna de ellas lo había impactado con la violencia visual que le producía ver a Alessia en ese momento.

La sudadera inmensa devoraba su torso, haciéndola ver engañosamente pequeña, pero dejaba al descubierto sus piernas largas y desnudas que parecían brillar bajo la luz tenue del penthouse. El contraste entre la prenda masculina y ruda y la sensualidad innata de su cuerpo era una bomba de tiempo. Su cabello húmedo y su rostro lavado revelaban una belleza cruda y salvaje que a Enrico le dolió en la entrepierna.

Los cubos de hielo tintinearon en el vaso cuando su mano se tensó inconscientemente. El deseo lo golpeó con la fuerza de un camión a toda velocidad, directo en la boca del estómago.

Alessia caminó lentamente hacia él, consciente del efecto devastador que estaba causando. La timidez no era una opción en su ADN.

—Gracias por la ropa —dijo ella, deteniéndose a un metro de distancia—. Me queda un poco grande.

La voz de Alessia era suave, pero cargada de una intención que Enrico no pudo ignorar. Él dejó el vaso de whisky sobre la mesa lateral sin apartar los ojos de ella ni por un segundo. La tensión sexual en el aire se volvió tan pesada y eléctrica que literalmente se habría podido cortar con un cuchillo.

—Te queda... perfecta —logró decir Enrico. Su voz era poco más que un gruñido ronco.

Él dio un paso al frente, eliminando la distancia que los separaba. Alessia no retrocedió; al contrario, levantó la barbilla para sostenerle la mirada. Podía ver la tormenta de deseo rugiendo en las pupilas de Enrico, y eso solo sirvió para encender su propio fuego interno.

Enrico levantó una mano con lentitud. Sus dedos grandes y cálidos rozaron la piel de la mejilla de Alessia, apartando un mechón de cabello húmedo. Alessia cerró los ojos por un milisegundo ante el contacto, soltando un suspiro tembloroso.

—Me estás volviendo loco, pequeña mentirosa —susurró Enrico. Su mano bajó por su cuello hasta detenerse en su hombro—. Desde el momento en que te vi en la mesa del restaurante, no he podido pensar en otra cosa.

Alessia abrió los ojos. Estaban tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en el iris oscuro de él.

Enrico no pudo contenerse más. Rompió la última barrera de espacio y capturó los labios de Alessia en un beso.

No fue un beso tierno, ni una tímida exploración. Fue un choque de trenes. Fue hambriento, posesivo y cargado de toda la frustración y el deseo acumulado de los últimos días. Enrico la tomó por la nuca con una mano y con la otra la estrechó firmemente por la cintura, pegando sus cuerpos por completo.

Alessia gimió contra sus labios y le devolvió el beso con la misma intensidad salvaje. Sus manos subieron por el pecho de Enrico, aferrándose a la tela de su camisa blanca. Abrió la boca para permitirle una invasión más profunda y Enrico no dudó en tomar el control.

El beso se volvió más profundo, más húmedo, más demandante. La empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Alessia chocó contra la inmensa pared de cristal del penthouse. Con la Ciudad Eterna como mudo testigo a sus espaldas, la devoró. Su mano libre bajó por su espalda y se deslizó por debajo del dobladillo de la sudadera, encontrando la piel desnuda y caliente de sus glúteos.

Alessia soltó un jadeo ahogado por la sorpresa y el placer abrasador del contacto directo. El deseo la estaba nublando, arrastrándola hacia un abismo del que sabía que no habría retorno si daba un paso más.

Él estaba listo para arrancarle la sudadera y hacerla suya allí mismo contra la ventana. Fue ese pensamiento el que encendió la última alarma de autocontrol en el cerebro de Alessia. No podía perder el control de esa manera. Si se entregaba a él por completo ahora, perdería todo su poder en ese peligroso juego que apenas estaba empezando.

Con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, Alessia apoyó las palmas de sus manos contra los hombros firmes de Enrico y lo empujó hacia atrás con firmeza.

Enrico se detuvo, con la respiración entrecortada y los ojos inyectados en deseo puro. La miró con una mezcla de confusión, frustración y una adoración salvaje.

—No... —susurró Alessia, con los labios hinchados y los ojos brillantes—. No soy una conquista fácil de una noche, Enrico Conti. Y tú lo sabes perfectamente.

Enrico la miró en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Lentamente, con un autocontrol que a él también le costó la vida, Enrico retiró su mano de debajo de la sudadera y dio un paso atrás.

—Tienes razón —dijo Enrico con una voz rota y profunda—. Eres mucho más que eso. Y voy a hacer que valga la pena cada maldito segundo de espera. Pero ahora... necesitamos calmarnos. Te traeré algo de beber.

—Agua fría está bien, gracias —respondió Alessia. Su voz sonó extrañamente suave en la inmensidad del salón.

Enrico asintió rígidamente y se encaminó hacia la cocina. Alessia se quedó allí, apoyada contra el cristal frío, sintiendo el eco de las manos de él todavía quemándole la piel.

Al llegar a la cocina, Enrico abrió el refrigerador. La ráfaga de aire frío lo golpeó de frente, un alivio bendito para el incendio que llevaba por dentro. Sacó una botella individual de agua mineral y se quedó un segundo mirando el interior. Necesitaba algo para bajar la temperatura de su propio cuerpo antes de cometer una locura.

Su mano alcanzó una bolsa de verduras congeladas que estaba al fondo. Cerró la puerta y, sin pensarlo, se pasó la bolsa helada por el rostro y el cuello. El frío extremo quemó su piel por un segundo, obligándolo a cerrar los ojos y a soltar un suspiro pesado. Necesitaba resetear su cerebro y recordar que forzar las cosas solo haría que Alessia se cerrara aún más y él necesitaba saber quien era, porque claramente no era una simple estudiante universitaria.

Cuando sintió que la sangre dejaba de rugirle con tanta fuerza en las sienes, regresó al salón sosteniendo ambas cosas. Alessia no se había movido de la ventana. Parecía una aparición en medio de la penumbra del penthouse.

Enrico caminó hacia ella y le tendió la botella.

—Toma —dijo él, forzando una calma que estaba pendiendo de un hilo.

—Gracias —murmuró Alessia, tomando la botella. Sus dedos rozaron los de él en el intercambio y ambos contuvieron la respiración por un microsegundo.

—Acompáñame al sofá —ordenó él en un tono más suave, pero que no admitía réplica.

Se sentaron uno al lado del otro, pero la cercanía física volvía a hacer estragos en el ambiente. Enrico, con una delicadeza que Alessia no esperaba de un hombre de su calibre, le tomó la muñeca derecha y levantó la manga de la sudadera. La marca de las cuerdas ya no sangraba, pero estaba visiblemente hinchada y violácea.

Sin esperar respuesta, Enrico apoyó la bolsa de verduras congeladas directamente sobre la piel de Alessia.

—¡Ah! —soltó ella un pequeño chillo involuntario ante el impacto del frío extremo.

—No te muevas —le ordenó Enrico, sujetándole la muñeca con firmeza—. El frío ayudará a bajar la hinchazón. Sé que duele, pero aguanta un poco.

Alessia apretó los dientes, sintiendo cómo el frío punzante empezaba a adormecer el dolor de la herida. Para contener la ola de sensaciones encontradas que la estaban invadiendo por la cercanía de Enrico, Alessia hizo un gesto completamente inconsciente: se mordió el labio inferior con fuerza, hundiéndolo entre sus dientes.

Enrico levantó la vista al escuchar su respiración entrecortada. Al verla, con la cabeza ligeramente inclinada y sus dientes aprisionando su labio inferior, que lucía peligrosamente rojo y tentador, el aire se le atascó en los pulmones. Era una imagen de pura vulnerabilidad y erotismo que terminó por dinamitar el poco autocontrol de Enrico.

La mano de Enrico que sostenía la bolsa congelada tembló imperceptiblemente. Soltó la bolsa, dejándola caer al suelo, como si ya no importara nada más en el universo. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio. Su mano abandonó la muñeca herida y subió con lentitud por su brazo hasta detenerse en su cuello, donde sintió el pulso desbocado de Alessia.

—No hagas eso —dijo Enrico con un gruñido rasposo, cargado de una advertencia letal.

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