Capítulo 115 —El León Caído y el Secuestro
El olor a caucho quemado, pólvora y hierro dulce se aferró a las paredes de la furgoneta gris que se alejaba a toda velocidad del escenario de la masacre. En la parte trasera de la camioneta, Alessia Russo no se movía. Permanecía de rodillas, con las palmas de las manos aún despegadas del cristal de la ventanilla posterior, la mirada fija en un punto indeterminado del asfalto que ya había quedado kilómetros atrás. Sus ojos estaban completamente dilatado