Capítulo 4 —Por error

Capítulo 4 —Por error

Narrador:

La empujó contra la pared de piedra y usó su propio cuerpo imponente para bloquearle cualquier vía de escape.

—Suéltame —siseó Alessia en un susurro furioso, intentando zafarse. Al ver que no cedía un milímetro, clavó sus ojos en los de él con pura rabia—. ¿Pero qué significa esto? ¿Enrico Conti? ¿Qué pasó con Alessandro Macherano con el que se suponía que cené? ¡Me mentiste en la cara!

Enrico dejó escapar una risa seca, casi inaudible, inclinándose hacia ella para que nadie más en el pasillo pudiera escuchar sus voces. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa.

—Yo diría exactamente lo mismo —le retrucó él en el mismo tono bajo y mordaz, acortando la distancia hasta que Alessia pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. ¿Alessia? ¿Y qué pasó con la insoportable y caprichosa Lidia Bianchi con la que se supone que compartí mesa? No eres más que una farsante.

—¡Tú eres el menos indicado para hablar de farsas, Conti! —le recriminó ella, usando su apellido real como un dardo venenoso, aunque manteniendo la voz al mínimo.

Enrico apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Alessia, acorralándola por completo. Su mirada recorrió el vestido verde esmeralda antes de volver a sus ojos.

—Dime una cosa... ¿Acaso la familia de Lidia sabe que te hiciste pasar por ella esa noche? ¿O la propia Lidia sabe que su "amiguita de la universidad" la está suplantando frente a hombres peligrosos?

Alessia sintió un vuelco en el estómago ante la amenaza implícita, pero no se amedrentó. Apoyó las manos firmemente contra el pecho blindado de Enrico para mantener una distancia mínima y le sostuvo la mirada con fiereza.

—Lidia sabe perfectamente todo. De hecho, ella misma fue quien me lo pidió —soltó Alessia en un susurro cargado de reproche—. Estaba desesperada. No quiere que su familia la case con un estúpido rico y descerebrado, para cerrar un jodido trato comercial. Ese es mi motivo para estar en esa mesa: salvar a mi amiga. ¿Cuál es tu excusa?

Enrico la observó en silencio durante un segundo que pareció eterno, procesando sus palabras. Luego, para sorpresa de Alessia, una sonrisa genuina y divertida, desprovista de la frialdad de antes, curvó sus labios y soltó una pequeña carcajada contenida.

—¿De qué te ríes? —le espetó ella, irritada por su reacción.

—De la ironía, Alessia —susurró Enrico, pronunciando su nombre con una voz que envió un escalofrío involuntario por la columna de la chica—. Me preguntas cuál es mi excusa; básicamente es la misma.

Alessia parpadeó, descolocada por la revelación.

—¿Qué?

—Alessandro es mi amigo. Estaba aterrado con la idea de que su padre lo casara por obligación con una heredera caprichosa y me pidió que fuera en su lugar para espantarla. Así que los dos fuimos a esa cena con el único objetivo de sabotearla por el bien de nuestros amigos —concluyó Enrico, mirándola fijamente—. Dos lobos con piel de cordero intentando morder al otro.

Alessia se quedó helada contra la pared, asimilando la ridícula y peligrosa verdad. Ninguno de los dos era quien decía ser, y ambos habían estado jugando al mismo juego sin saberlo.

—¿Quién eres en realidad, Alessia?

Ella tragó saliva, sintiendo que el pánico intentaba nublarle el juicio. El instinto de supervivencia que su padre le había grabado a fuego en el pasado le gritaba que atacara, que buscara un punto débil y huyera. Pero sabía que Enrico no era un delincuente de poca monta del callejón. Él era un depredador alfa. Si mostraba sus garras ahora, solo confirmaría sus sospechas y la arrastraría más hondo a un mundo del que ella desesperadamente intentaba escapar.

—No soy nadie que deba importarte —replicó ella, forzando una calma gélida—. Solo soy una estudiante que intentaba proteger a su única amiga de un matrimonio arreglado con un monstruo. Cumplí mi objetivo. Ahora, déjame en paz. Haz de cuenta que jamás nos conocimos.

Una risa baja, carente de humor pero cargada de una oscura fascinación, escapó de los labios de Enrico.

—¿Que haga de cuenta que no nos conocimos? —repitió él, acercando su rostro tanto que Alessia pudo sentir el calor de su aliento —. Una mujer que me miente a la cara sin pestañear y que luego aparece en una gala vestida como una diosa... No, pequeña mentirosa. Olvidarte no está en mis planes.

Alessia sintió que la respiración se le cortaba. La proximidad física de Enrico estaba empezando a jugarle una mala pasada a sus propios sentidos. Había una química innegable y salvaje entre ellos, una tensión que iba más allá del peligro y del engaño.

—Tengo una vida normal, Enrico —dijo ella, usando su verdadero nombre por primera vez, lo que provocó que los ojos de él relampaguearan—. Una vida pacífica y honesta que me costó muchísimo conseguir. No quiero tener nada que ver con los Conti, ni con los Macherano, ni con nadie qde ese mundo. Te lo exijo: déjame ir y no me busques más. Olvida que existo.

Enrico guardó silencio durante unos segundos interminables, recorriendo cada milímetro de su rostro como si estuviera intentando descifrar un enigma indescifrable. Su mano libre subió con lentitud por el brazo desnudo de Alessia, provocándole un escalofrío incontrolable, hasta detenerse en su barbilla. La obligó a levantar la vista para sostenerle el duelo de miradas.

—No eres una simple estudiante, Alessia.

—Aléjate de mí. —reclamó, reuniendo todo su coraje para apartarle la mano de un manotazo

Antes de que él pudiera responder o volver a sujetarla, Alessia aprovechó un milisegundo de distracción en la intensa mirada de Enrico para deslizarse por debajo de su brazo. Con el corazón latiéndole en la garganta y la adrenalina fluyendo a borbotones, cruzó los pesados cortinajes y regresó al salón principal de la gala.

No buscó a Lidia. Sabía que su amiga estaría a salvo rodeada de su familia y de los reflectores. Alessia solo necesitaba huir de allí antes de que Enrico fuera tras ella o antes de que su fachada terminara de romperse por completo.

Buscando evitar la entrada principal donde los fotógrafos y los hombres de seguridad de los Conti montaban guardia, Alessia se guio por sus instintos. Se escabulló por un pasillo de servicio poco iluminado y descendió por una escalera estrecha que conducía a las cocinas y, finalmente, a una discreta puerta trasera de metal que daba a un callejón de estacionamiento privado.

Al salir, Alessia exhaló un suspiro de alivio genuino. Había logrado escapar de la jaula dorada. Solo tenía que caminar un par de calles oscuras hacia la avenida principal para tomar un taxi de regreso a su departamento.

Sin embargo, el alivio le duró apenas unos segundos.

Su instinto de supervivencia, ese que nunca se apagaba del todo por más que intentara enterrarlo, se encendió de golpe como una sirena estridente. El callejón estaba demasiado silencioso. Demasiado oscuro.

Alessia apresuró el paso, pero el sonido inconfundible de unos pasos pesados y rápidos a su espalda la hizo ponerse en guardia. No tuvo tiempo de girar por completo.

Un par de faros delanteros se encendieron de golpe al final del callejón, cegándola por completo. Era una camioneta negra de vidrios polarizados que avanzó a toda velocidad hacia ella, frenando en seco a escasos metros y bloqueándole el paso.

Alessia retrocedió por instinto, pero los hombres que la seguían a pie ya estaban sobre ella. Eran profesionales. No llevaban uniformes, pero la frialdad en sus ojos delataba su naturaleza. Eran los enemigos reales de Enrico Conti, la facción que llevaba días vigilando los movimientos del heredero para encontrar una debilidad que explotar.

Y creyeron haberla encontrado en ella. Habían visto a Enrico Conti con ella, noches atras en el restaurante y ahora arrastrar hacia un balcón privado. Habían visto la intensa y prolongada conversación a solas, la tensión palpable y la forma en que él la miraba. Para ojos expertos del bajo mundo, aquella misteriosa mujer no era una desconocida; era el punto débil del intocable Enrico Conti. Una pieza perfecta para extorsionarlo.

Alessia no se rindió sin pelear. En cuanto el primer hombre intentó sujetarla por detrás, ella se agachó con una agilidad felina, esquivando el agarre. Usó el tacón de su zapato para pisar con fuerza el empeine del atacante y le propinó un codazo seco y violento directamente en el estómago que lo hizo doblarse de dolor.

—¡Mal*dita sea, agárrenla! —rugió una voz desde el interior de la camioneta.

Dos hombres más bajaron del vehículo. Alessia intentó correr hacia la salida del callejón, pero el vestido largo y ajustado, que tan espectacular la hacía ver en la gala, ahora se convertía en su peor enemigo. La tela limitaba la amplitud de sus movimientos y le impedía estirar las piernas para correr o patear con efectividad.

Luchó con uñas y dientes. Le arañó el rostro a uno de los atacantes y logró zafarse de un segundo agarre con un violento giro de cadera. Pero eran demasiados y la superaban en fuerza física.

Un hombre corpulento logró rodearla por el cuello desde atrás, aplicando una llave de asfixia que comenzó a cortarle el flujo de oxígeno. Alessia pataleó con desesperación, intentando alcanzar los ojos de su captor, pero la vista se le empezó a nublar rápidamente.

Antes de perder el conocimiento por completo, sintió cómo otros brazos rudos la levantaban en vilo.

—¡Rápido, métanla atrás! ¡Vámonos antes de que los hombres de Conti escuchen algo! —ordenó el líder.

La puerta lateral corrediza de la camioneta se abrió con un estruendo metálico. Alessia fue arrojada sin miramientos al frío suelo alfombrado del vehículo.

Un segundo después, la puerta se cerró de golpe, sumiendo el interior en una penumbra asfixiante. El motor de la camioneta rugió con fuerza y el vehículo aceleró a fondo, patinando sobre el pavimento mojado del callejón antes de salir disparado hacia el tráfico nocturno de Roma.

Atrapada en la oscuridad, con la respiración entrecortada y el vestido verde rasgado por el forcejeo, Alessia comprendió con terror que su peor pesadilla se había hecho realidad. Su fachada se había roto de la peor manera posible. Estaba secuestrada por los enemigos del hombre al que acababa de exigirle que la dejara en paz.

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