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Capítulo 5 —Sangre y sospechas

Capítulo 5 —Sangre y sospechas

Narrador:

El frío del lugar se le filtraba por la espalda descubierta, despertando a Alessia de una neblina de dolor y confusión. Abrió los ojos lentamente, parpadeando para enfocar la vista en la penumbra de lo que parecía ser el sótano abandonado de un viejo almacén industrial en las afueras de la ciudad. El aire olía a humedad, a polvo rancio y a hierro.

Intentó moverse, pero un tirón brusco en sus muñecas se lo impidió. Estaba sentada en una silla metálica, con las manos atadas a la espalda con una cuerda gruesa que ya empezaba a cortarle la circulación.

Alessia no gritó, ni lloró. Esas eran reacciones de civiles inocentes, y ella, muy a su pesar, no lo era. Obligó a su mente a enfriarse y a evaluar la situación con la precisión que su padre le había enseñado desde niña. El vestido verde de seda esmeralda estaba rasgado en la falda y manchado de polvo, pero seguía intacto en el torso.

A unos metros de ella, bajo la débil luz de una bombilla desnuda que colgaba del techo, tres hombres corpulentos hablaban en voz baja. El líder del grupo sostenía un teléfono satelital en la mano.

—Ya pasaron diez minutos desde la llamada —dijo uno de los matones con nerviosismo, frotándose las manos—. ¿Estás seguro de que Enrico Conti va a morder el anzuelo por una mujer que apenas conoce? No parecía el tipo de hombre que arriesga su pellejo por una de sus amantes.

El líder soltó una carcajada ronca y desagradable.

—Vi cómo la miraba en ese balcón del palacio, idiota. Conti es un témpano de hielo con todo el mundo, pero con ella... bueno, había algo raro ahí. Esa tipa estuvo con él y es nuestra única moneda de cambio para sacarle información o hacerlo retroceder en los muelles.

Alessia apretó los dientes en la oscuridad. Los secuestradores estaban cometiendo un error garrafal al asumir que ella era una damisela en apuros y una simple palanca para llegar a Enrico Conti. Y subestimar a una mujer entrenada en el arte de la supervivencia era el error más letal que podían cometer.

Mientras los hombres seguían discutiendo y esperando la llamada de vuelta, Alessia comenzó a actuar en silencio. La adrenalina había borrado el dolor de su cabeza. Aprovechando que sus captores le daban la espalda, empezó a mover las muñecas rítmicamente contra la aspereza de las cuerdas. El roce le levantaba la piel y le hacía sangrar, pero el dolor era un viejo amigo. Sabía perfectamente que la sangre actuaría como lubricante.

Apretó los dientes para no emitir ningún quejido mientras forzaba sus articulaciones. Centímetro a centímetro, la cuerda comenzó a ceder.

Mientras tanto, en algún punto a las afueras de Roma, Enrico Conti se movía con una frialdad letal. En cuanto sus hombres le informaron que no había rastro de la chica pelinegra del vestido verde y que un vehículo sospechoso había huido del estacionamiento trasero, Enrico supo que la farsa del palacio había traído consecuencias demasiado rápido.

No era un hombre de arranques emocionales, pero la idea de que unos aficionados estuvieran tocando a la mujer que claramente escondía más secretos que toda la mafia italiana junta lo irritaba profundamente. Sus hombres habían localizado la señal del teléfono con que se comunicaron en tiempo récord. Enrico mismo sostenía el volante de su coche, conduciendo con una calma calculadora que daba más miedo que cualquier grito de furia. Sus nudillos estaban blancos sobre el cuero del volante, no por desesperación romántica, sino por la fría promesa de eliminar a quienes interrumpían sus planes.

De vuelta en el sótano, Alessia soltó un suspiro inaudible. Su mano derecha se deslizó finalmente fuera de la atadura ensangrentada.

Mantuvo las manos detrás de la espalda para no levantar sospechas. Necesitaba un arma.

—Oye... tú —dijo Alessia con una voz débil y quebrada, fingiendo un pánico absoluto que haría que cualquier director de cine la aplaudiera.

El matón más joven y nervioso se giró hacia ella. Al verla con la cabeza baja y el cuerpo temblando ligeramente, una sonrisa lasciva y confiada apareció en su rostro.

—Miren eso, la princesita ya despertó y tiene miedo —se burló el hombre, caminando hacia ella sin desenfundar su arma, totalmente confiado en su superioridad física—. ¿Qué pasa, muñeca? ¿Quieres que te consuele mientras esperamos a que tu novio mafioso decida si vales la pena?

—Me... me duele mucho —sollozó Alessia, dejando caer una lágrima falsa—. Por favor, aflójame un poco las cuerdas.

El hombre se inclinó sobre ella, riéndose de su debilidad. Ese fue su último error.

En un movimiento rápido y letal que desafió la física del vestido largo, Alessia liberó sus manos y le propinó un golpe seco con la palma abierta directamente en la garganta del hombre, aplastándole la tráquea. Mientras el matón caía de rodillas ahogándose y aferrándose el cuello, Alessia se levantó de la silla de un salto, le arrebató la pistola Beretta de la cintura y le propinó un rodillazo devastador en el rostro que lo dejó inconsciente en el suelo.

Todo sucedió en menos de tres segundos.

Los otros dos hombres se giraron con los ojos desorbitados por la sorpresa, pero Alessia ya estaba en posición de combate, apuntándoles con el arma con una mano que no temblaba lo más mínimo.

—¡Quietos! ¡Ni se les ocurra moverse! —rugió Alessia con una autoridad gélida que les heló la sangre.

El líder del grupo, saliendo del asombro, intentó llevarse la mano a su propia arma.

El estruendo del disparo resonó en el sótano cerrado como un trueno. La bala de Alessia impactó con precisión en el hombro del líder, haciéndolo girar sobre su propio eje y arrojándolo al suelo mientras su pistola salía volando.

El tercer hombre se quedó paralizado, con las manos en alto, mirando con absoluto terror a la mujer que sostenía un arma humeante y le apuntaba directo a la frente con los ojos llenos de un fuego asesino.

En ese preciso instante, la pesada puerta de metal del sótano fue derribada de una patada violenta.

Un contingente de hombres armados con trajes oscuros irrumpió en el lugar. A la cabeza de todos ellos, con una pistola en la mano y una expresión de fría letalidad, estaba Enrico Conti.

Él entró barriendo la habitación con la mirada, listo para eliminar la amenaza. Pero se detuvo en seco en mitad del sótano.

La escena que encontró lo dejó mudo por primera vez en su vida. No había ninguna damisela llorando ni suplicando por su vida. En el centro de la habitación estaba Alessia. Su espectacular vestido estaba cubierto de polvo y restos de sangre, su cabello caía en mechones salvajes sobre sus hombros, su muñeca sangraba y sus nudillos estaban enrojecidos. Sostenía la pistola Beretta con una postura militar perfecta, manteniendo a raya al último secuestrador ileso.

Alessia desvió lentamente la mirada hacia Enrico. Sus ojos se encontraron en medio del caos y el olor a pólvora. El pecho de ambos subía y bajaba con agitación.

Enrico bajó lentamente su arma, recorriéndola con una mirada que pasó de la tensión absoluta a una profunda sorpresa. Guardó su pistola y les hizo una señal muda a sus hombres para que se encargaran de revisar el perímetro en busca de más enemigos.

Ignorando el ruido de sus subordinados sometiendo a los tipos, Enrico caminó a paso lento. Se detuvo a escasos centímetros de ella y, con una suavidad que Alessia no esperaba, extendió su mano para tomar la pistola desus dedos. Ella no opuso resistencia; dejó que él la desarmara.

Enrico dejó el arma sobre una mesa cercana y la miró de arriba abajo.

—Vaya... —murmuró con su voz rasposa, ahora extrañamente suave—. Definitivamente no eres una estudiante normal. Un tiro limpio al hombro y otro inconsciente en el piso, dos hombres neutralizados por ti sola.

Alessia bajó los brazos, sintiendo cómo el bajón de adrenalina empezaba a pasarle factura.

—Te dije que me dejaras en paz —contestó ella en un susurro, sosteniéndole la mirada con orgullo.

Enrico no respondió de inmediato. En lugar de eso, sus ojos se fijaron en las muñecas de Alessia, donde la piel estaba en carne viva y cubierta de sangre fresca debido a la fricción de las cuerdas.

Dio un paso más hacia ella. Con movimientos lentos, levantó las manos y tomó las muñecas de Alessia con una delicadeza extrema, casi como si temiera romperla. Sus dedos eran cálidos y contrastaban con el frío que ella sentía en el cuerpo.

—Estás herida —dijo él, examinando las marcas con el ceño ligeramente fruncido. No había rastro del monstruo despiadado de la mafia en ese momento, solo una preocupación parca y directa—. Estas cuerdas te hicieron un desastre en la piel.

—Estoy bien —intentó restarle importancia Alessia, aunque hizo una pequeña mueca de dolor cuando él rozó uno de los cortes.

—No, no estás bien. Esto se puede infectar —replicó Enrico en un tono suave pero firme. Levantó la vista hacia sus ojos, manteniéndola cerca pero sin invadir su espacio de forma agresiva—. Vamos a salir de aquí. Mis hombres se encargarán del resto. Te llevaré a un lugar seguro para curarte esas heridas y limpiar todo esto.

Alessia lo observó en silencio, sorprendida por el drástico cambio de actitud del hombre. Ya no había juegos psicológicos ni burlas. Solo un hombre revisando sus heridas con cuidado.

—¿Por qué viniste a salvarme? —preguntó ella en voz baja.

Enrico soltó suavemente sus muñecas y la miró fijamente. Una pequeña y fría sonrisa volvió a asomar a sus labios, recordándole a Alessia exactamente quién era el hombre que tenía enfrente.

—No te equivoques, Alessia. Yo no vine a salvarte —dijo él con una voz pausada y gélida—. Vine porque no voy a permitir que unos aficionados crean que pueden tocar mis intereses, chantajeándome con el secuestro de alguien que creen que me importa. Si dejo pasar esto, mañana pensarán que pueden desafiarme en los muelles. Vine a dejarles claro que cualquiera que intente usar a alguien para llegar a mí, solo encontrará una bala.

Alessia lo observó en silencio, asimilando la cruda realidad de sus palabras. En ese mundo no había caballeros andantes, solo hombres protegiendo su poder. Pero, curiosamente, esa fría honestidad le gustaba más que cualquier mentira piadosa.

—Entendido —respondió ella en un susurro, sosteniéndole la mirada con la misma intensidad.

—Bien, pequeña mentirosa, ahora vamos. Hay que limpiar esas muñecas.

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