Mundo ficciónIniciar sesiónNarrador:
Los siguientes cuatro días fueron lo más parecido al cielo que Alessia Russo había experimentado en toda sula semana. Se levantaba temprano, caminaba entre las calles empedradas de Roma cargando una pesada mochila de lona llena de libros de antropología, y se perdía entre el reconfortante anonimato de la cafetería de la facultad. Nadie la miraba con miedo. Nadie le bajaba la cabeza al pasar como si fuera una deidad peligrosa o un monstruo al que temer. Para el mundo exterior, ella era simplemente Ale, una estudiante extranjera más que intentaba labrarse un futuro lejos de casa.
Y eso era exactamente lo que ella quería. Un lienzo en blanco. Un rincón en el mundo donde la sangre, las deudas de honor y el asfixiante olor a pólvora de su verdadera familia no pudieran alcanzarla.
Por las noches, sin embargo, el fantasma del restaurante regresaba para atormentarla. Se despertaba sobresaltada en su pequeña cama, con el corazón latiéndole desbocado en la garganta y la extraña sensación táctil de unos dedos de acero sujetándole la cintura para evitar que cayera al suelo. En sus sueños más vívidos, los ojos oscuros de aquel falso Alessandro Macherano la observaban a través de la penumbra, desnudando sus secretos mejor guardados y recordándole que una loba nunca puede convertirse de verdad en una oveja dócil, por mucho que intente esconder sus garras.
Pero al amanecer, Alessia se obligaba a sacudirse el miedo residual. Se repetía a sí misma que Roma era una ciudad inmensa de miles de habitantes. Aquel hombre pertenecía a la alta sociedad, un lugar que ella ya no pisaba ni por asomo. Jamás volverían a cruzarse. Estaba a salvo.
O eso creía ella, hasta que Lidia Bianchi irrumpió en su pequeño y modesto departamento de estudiante la tarde del viernes, hecha un auténtico manojo de nervios.
—¡Alessia, por favor, me tienes que salvar la vida! Si no vienes conmigo esta noche, juro que me voy a tirar por el balcón —exclamó Lidia nada más cruzar el umbral, arrojando su bolso de diseñador sobre el desgastado sofá de Alessia.
Alessia levantó la vista de sus pesados apuntes, arqueando una ceja con una mezcla de diversión y resignación. Amaba a Lidia; era la única persona en toda la ciudad que la trataba con una calidez genuina, ingenua y desinteresada, ignorando por completo de qué familia de la mafia provenía en realidad. Para Lidia, Alessia era solo su brillante y misteriosa amiga de la universidad.
—Hola a ti también, Lidia. ¿Qué drama de escala apocalíptica tenemos hoy? —preguntó Alessia con una sonrisa cansada, estirando los brazos.
Lidia se dejó caer en el sofá y se cubrió el rostro con las manos, soltando un gemido dramático que resonó en la pequeña estancia.
—La gala de la Fundación del Palazzo Colonna. Es esta noche y mi familia me obliga a ir. Dicen que es vital para las relaciones públicas que me deje ver allí. ¡Es un aburrimiento total, Ale! Puras personas mayores hablando de negocios y fingiendo que les importa la caridad. ¡Por favor, acompáñame!
Alessia sintió una punzada de incomodidad. Esos eventos de la alta sociedad eran el terreno de juego favorito de los criminales de cuello blanco.
—Lidia, sabes que odio esos eventos llenos de hipocresía. Prefiero mil veces quedarme aquí estudiando.
—¡Por favor! Hagamos una cosa: solo nos mostramos allí media hora, para que mi padre y mis tíos vean que fui, que sonreí y que cumplí con el protocolo familiar. En cuanto pasen esos treinta minutos, nos largamos de ahí y nos vamos directo a esa nueva discoteca del centro a pasar de fiesta y bailar toda la noche. ¿Trato hecho?
Alessia miró a su amiga. Lidia la miraba con ojos de cachorrito suplicante. Suspiró derrotada, cerrando su libro. Después de todo, media hora pasaba rápido y una noche de fiesta de verdad no le vendría mal para despejar su mente de los ojos oscuros que la perseguían en sueños.
—Está bien —cedió Alessia—. Treinta minutos de reloj y nos vamos a bailar. Pero tú me consigues el vestido, porque yo no tengo nada que ponerme para un palacio.
Tres horas más tarde, Alessia Russo apenas se reconocía frente al espejo.
El vestido de seda verde esmeralda que Lidia le había prestado caía por su cuerpo como una segunda piel líquida, realzando cada una de sus curvas sin perder un ápice de elegancia. Tenía la espalda descubierta hasta la cintura y una abertura lateral en la falda que revelaba sus piernas largas y tonificadas. Lidia se había encargado de recogerle el cabello en un moño alto y sofisticado, dejando al descubierto su cuello largo y la línea afilada de su mandíbula.
Alessia se miró fijamente a los ojos. Había algo en su reflejo que la perturbaba en lo más profundo. Ya no parecía la dócil e invisible estudiante universitaria de los últimos días. Con el maquillaje ahumado y los labios pintados de un rojo oscuro, parecía exactamente lo que en realidad era: una princesa de la mafia.
El Palazzo Colonna estaba iluminado como una estrella brillante en medio de la noche romana. Al bajar del auto, Alessia sintió el flash cegador de los fotógrafos y el murmullo. Avanzó del brazo de Lidia hacia el salón principal, donde el lujo las golpeó de frente. Lámparas de cristal de Murano, champán libre y joyas que valían auténticas fortunas.
—Recuerda, Lidia, son solo treinta minutos —le susurró Alessia al oído a su amiga, notando cómo la mano de Lidia temblaba levemente sobre su brazo.
—Lo sé, lo sé. Busquemos a alguien de mi familia para que me vean y empezamos la cuenta regresiva —respondió Lidia escaneando el salón.
A los pocos minutos de caminar entre la multitud, Lidia divisó a su pariente.
—Ahí está mi tío —susurró Lidia—. Vamos a saludarlo rápido.
El tío de Lidia estaba de pie junto a un círculo selecto de empresarios, hablando animadamente con un hombre de espaldas anchas y porte imponente. Al ver a su sobrina acercarse, el hombre mayor sonrió con orgullo y les hizo una seña imperiosa con la mano para que se acercaran al grupo.
—¡Lidia, querida! Qué alegría que hayas venido —dijo el tío con una sonrisa efusiva. Luego, se giró hacia el misterioso hombre que seguía de espaldas—. Caballero, permítame interrumpirlo un segundo. Quiero presentarle a mi sobrina favorita, Lidia Bianchi.
El hombre de espaldas se giró lentamente, impulsado por una obvia curiosidad. Al fin y al cabo, él creía haber cenado con Lidia Bianchi apenas unas noches atrás.
El aire pareció abandonar los pulmones de Alessia de golpe y el suelo amenazó con desaparecer bajo sus pies.
Era el hombre del restaurante.
Vestía un esmoquin negro hecho a medida que acentuaba su porte atlético y peligrosamente elegante. Su mirada era fría y dominante.
Enrico Conti se quedó mudo por un milisegundo al clavar sus ojos en la verdadera Lidia Bianchi, una chica rubia y de facciones suaves que no tenía absolutamente nada que ver con la fiera pelinegra con la que él había compartido mesa. Su cerebro procesó la información a la velocidad del rayo: lo habían engañado.
—Y ella es su amiga de la universidad, Alessia —continuó el tío, completamente ajeno a la tormenta silenciosa que acababa de desatar entre los jóvenes—. Don Enrico, ellas son las joyas de la noche. Jovencitas, les presento a Enrico Conti.
Enrico desvió la mirada de Lidia y la clavó directamente en Alessia.
En ese preciso instante, el tiempo pareció congelarse por completo en el gran salón del palacio. Ambos se quedaron helados, las máscaras cayendo en la más absoluta intimidad de sus pensamientos acelerados. Alessia descubrió en ese segundo que él jamás había sido Alessandro Macherano, sino el temido monstruo heredero de la familia Conti. Y Enrico descubrió que la mujer fríbola de la cena, era una completa desconocida que se hacía pasar por su amiga.
La mentira de cuatro noches atrás quedó al descubierto para ambos en un choque de miradas electrizante. La tensión en el aire se volvió tan densa que resultaba casi irrespirable.
Alessia sintió que el pánico la devoraba viva. Si Enrico abría la boca en ese momento y revelaba que ella lo había engañado haciéndose pasar por Lidia, el tío de su amiga exigiría saber que había sucedido.
Pero Enrico Conti no dijo absolutamente nada.
Sostuvo la mirada fija y desafiante de Alessia con una fijeza depredadora. Una pequeña y sutil sonrisa curvó la comisura de sus labios. Decidió no delatarla. No delante del tío orgulloso, ni delante de las decenas de buitres de la alta sociedad que los rodeaban en el salón. Prefirió guardarse esa jugosa e increíble verdad como un as bajo la manga para jugar a solas con ella más tarde.
—Es un absoluto y verdadero placer conocerlas a ambas —dijo Enrico con su voz profunda y rasposa, haciendo una ligera inclinación de cabeza. Sus ojos oscuros nunca abandonaron los de Alessia, prometiendo consecuencias.
El tío de Lidia, ajeno por completo a la guerra psicológica silenciosa que se libraba a escasos centímetros de él, sonrió complacido.
—Vayan a tomar algo de aire fresco, jóvenes. Lidia, ¿por qué no le enseñas al señor Conti la famosa galería de arte del palacio? —sugirió el tío, empujándolos a socializar.
Minutos más tarde, el trío caminaba por los pasillos más apartados y silenciosos del palacio. Lidia, abrumada y cohibida por la imponente y pesada presencia de Enrico, vio la oportunidad perfecta para huir cuando divisó a una tía suya en la distancia.
—Discúlpenme un momento, veo a mi tía y debo ir a saludarla —dijo Lidia atropelladamente, dejándolos solos antes de que Alessia pudiera detenerla.
Alessia intentó seguir a su amiga y escapar del peligro, pero antes de que pudiera dar el primer paso, Enrico tiró de ella, arrastrándola hacia la penumbra de un balcón privado que daba a los jardines oscuros.







