Capítulo 24 —En la Boca del Lobo
La confirmación había llegado como un impacto de artillería pesada que Enrico recibió en la soledad de su dormitorio. Sabía que el tiempo de las palabras se había agotado y que el aire de Roma estaba a punto de volverse irrespirable. Se había duchado con agua casi helada, intentando lavar la rabia y el deseo que se escapaba por sus poros, pero la alerta de sus hombres lo sacó del baño de un salto. Sin tiempo para vestirse, se calzó un pantalón de pijama de seda n