El tiempo se detuvo cuando vi esa cara. Era mi abuelo, el mismo que supuestamente había muerto hace una década en aquel accidente de coche.
Estaba ahí, con los ojos llenos de una maldad absoluta, cayendo con nosotros hacia las rocas. El golpe de aire me golpeaba la cara y yo no podía ni respirar de la impresión.
—¿Abuelo? —logré gritar en medio del vacío, con el corazón saltándome de puro terror.
Él no me respondió. Solo se reía, una risa vieja y seca que se escuchaba por encima del viento que