El coche avanzó lentamente por el camino de tierra. Tatiana iba al volante, los ojos atentos y una sonrisa en sus labios mientras hablaba.
—Aprendí a manejar a los doce —dijo de pronto, mirando de reojo a Jazmín, que viajaba en el asiento del copiloto.
—¿Doce? ¿En serio? —preguntó Jazmín, sorprendida.
—Sí. Papá no podía, ya sabes —se encogió de hombros—. Al principio solo dentro del garaje. Luego papá me decía: “Un poquito más adelante, hijita, otro poquito”, y cuando me di cuenta ya estaba