Horas más tarde, tras su presentación, Juliette volvió a su camerino. Se colocó el elegante sobretodo de gamuza negro y caminó hasta la sala VIP, donde Mateo la esperaba.
Al verla, él se levantó enseguida. Ella avanzó con gracia felina y, en lugar de aceptar la silla que él le ofrecía, se acomodó en sus piernas, rodeándolo por el cuello con un gesto tan atrevido como calculado.
Mateo arqueó una ceja, sorprendido, y sonrió con malicia.
—Pensé que me lo pondrías más difícil.
Juliette inclinó