Michael estaba junto a la chimenea, de espaldas a su hijo, y las llamas proyectaban sombras danzantes por la habitación. Se giró lentamente, con ojos fríos e implacables.
—Me abandonaste, ¿verdad? Dejaste que tu propia sangre se pudriera. —escupió Alejandro, su dolor enmascarado por un barniz de ira.
—¿Sangre? —La risa de Michael era seca y carente de diversión. —Dejaste de ser mi hijo cuando elegiste tu camino. Desde que Sebastián murió, me he quedado sin ningún hijo sobre la tierra.
—Correct