La mansión Montenegro brillaba bajo las luces cálidas del atardecer, como si el cielo quisiera rendir homenaje a la familia que tanto había luchado por mantenerse unida. Los ventanales reflejaban el dorado del sol que se desvanecía en el horizonte, mientras dentro, los ecos de risas y conversaciones llenaban cada rincón de la casa.
La mesa estaba adornada con flores blancas y copas de cristal que aguardaban el momento del brindis, el que todos sabían sería especial.
Sebastián, en el centro del