Al día siguiente, la casa Montenegro estaba envuelta en una atmósfera de tensión palpable. El aire matutino, normalmente lleno de risas y conversaciones alegres, estaba cargado de silencios incómodos y miradas furtivas. Ava había decidido no desayunar con la familia, su enojo por la ausencia de Sebastián en el desfile aún fresco en su mente.
Sebastián, por su parte, trataba de mantener una apariencia de normalidad, aunque la ausencia de Ava en la mesa era un recordatorio constante de su error.