La noche había caído en un manto de serenidad mientras el auto de Alexandre recorría las calles tranquilas, dirigiéndose hacia la casa de los Montenegro. La fiesta había terminado, y las luces de la ciudad destellaban suavemente en la distancia. Ava y Valeria estaban sentadas en el vehículo, cada una inmersa en sus propios pensamientos. Alexandre, al volante, mantenía una conversación ligera con Ava, agradeciendo el honor de llevarlas a casa.
—Gracias por el favor, Alexandre —dijo Ava con una s