El sol se hundió en el horizonte, pintando la finca Montenegro con un cálido resplandor ámbar cuando llegaron Ava y Sebastián. El crujido de la grava bajo sus pies fue un suave contrapunto al coro nocturno de grillos mientras se dirigían a la casa grande y acogedora que había sido centinela de estas tierras durante generaciones.
Al entrar, fueron recibidos por el rico aroma a carne asada y pan recién hecho que flotaba desde el gran comedor donde los esperaban los padres de Sebastián, Alejandro