—Tu pellejo tiene precio desde ese día, Ángel.
La voz del infeliz me devolvió a ese momento en el cual nos encontrábamos frente a frente. Casi caí por el terror. Su mano permaneció aferrada a mi barbilla y esa cínica sonrisa resultó una macabra e intimidante burla.
—¡Claro, hijo!, tampoco eres el único. De seguro sabes que tu querido R murió hace dos años…
Liberó mi mentón y empujó con fuerza, casi me hizo tropezar contra la mesa, yo era igual a un simple muñeco de trapo, podía sacudir