Nada que perder.
El chofer de Raúl estaciona frente a la casa Meléndez y el pelinegro, repitiendo la escena de Beatrice corriéndolo, llora en silencio.
—Jefe, ¿puedo decirle algo? —cuestiona. Raúl alza la mirada, y asiente apenas—. He trabajado para usted desde hace mucho… Y tengo que decir, que he visto muchas cosas. Pero jamás lo había visto tan enamorado, tan atormentado. Me sorprende que no haya explotado; así que antes de que lo haga, quiero que sepa que no es la mejor opción; si quiere recuperar algo que