Nada que perder.

El chofer de Raúl estaciona frente a la casa Meléndez y el pelinegro, repitiendo la escena de Beatrice corriéndolo, llora en silencio.

—Jefe, ¿puedo decirle algo? —cuestiona. Raúl alza la mirada, y asiente apenas—. He trabajado para usted desde hace mucho… Y tengo que decir, que he visto muchas cosas. Pero jamás lo había visto tan enamorado, tan atormentado. Me sorprende que no haya explotado; así que antes de que lo haga, quiero que sepa que no es la mejor opción; si quiere recuperar algo que perdió, primero tiene que recuperarse usted mismo. No intente unir las piezas cuando usted mismo está roto…

Las palabras sabias del hombre hacen a Raúl entrar en todo estado de consciencia. Recuerda que Beatrice le dijo algo parecido. Pero en ese momento, no podía hacer nada más que seguirse hundiendo.

—¿Cómo…? —la pregunta no sale de su boca, pero su razón, cansada de tanto hablarle y no ser escuchada, no le responde.

Le da una mirada al chofer y con una tenue sonrisa le pide que se vaya a casa
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