Raúl toma una respiración para pensar con claridad lo que dirá, el cómo debería justificarse a este punto; sin embargo, como un golpe de suerte que más adelante le valdrán lágrimas, Beatrice le da una mirada de cachorro, como si no fuera su intención. Y él se derrite. El miedo a perderla cuando la siente tan pero tan cerca, lo obligan a mantener el secreto.
—Lo siento, me alteré —dice Beatrice, en el fondo: asustada por su actitud—. Solo son puntos de vista, señor Meléndez… Yo… Creo que me daría cuenta cuando usted ya no me quiera.
El pelinegro se sienta, acercándose más. Con miedo, alza su mano para acariciarle las mejillas con la yema de los dedos. Al sentir su cálida piel, su corazón retumba.
Estuvo tan cerca…
—¿C-Cómo? —cuestiona, con un suspiro tembloroso.
Ella toma la mano en su mejilla, notando lo frío que está, y lo hace acostarse de nuevo. Raúl se deja. Beatrice, queriendo sentir que él está bien, que están bien, sube con cautela hacia él. No de forma erótica. Él se estremece,